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Twilight
A mysterious stranger stands at the edge of a medieval village as the sun sets into twilight, casting a serene yet foreboding atmosphere over the landscape.

Acerca de la historia: Twilight es un Fantasy de ambientado en el Medieval. Este relato Dramatic explora temas de Good vs. Evil y es adecuado para Adults. Ofrece Entertaining perspectivas. Un misterioso extraño busca las almas perdidas en el crepúsculo, pero sus intenciones podrían amenazar el equilibrio entre los mundos.

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El sol acababa de ponerse bajo el horizonte, dejando una cinta de cálido naranja y violeta a su paso, mientras el pueblo de Fairgrove comenzaba a enfriarse del calor del día. El canto vespertino de los pájaros resonaba en el aire, una sinfonía que calmaba los corazones de los aldeanos y señalaba el final de otro día más. Pero esta noche era diferente. Algo persistía en las sombras, algo desconocido que enviaba un escalofrío a través del viento, aunque el día había sido cálido. Era un momento atrapado entre la luz y la oscuridad, un umbral donde el mundo ordinario rozaba lo extraordinario.

Todo comenzó hace semanas con la llegada de un extraño. Alto, con un aire de misterio que lo envolvía tanto como la capa oscura que llevaba, parecía materializarse de la misma penumbra. Sus ojos brillaban con una luz extraña, una que contenía curiosidad y secretos por igual. Nadie conocía su nombre ni de dónde venía, sin embargo, de alguna manera, siempre estaba allí, observando. Los aldeanos mantenían la distancia, pero un rumor se extendió entre ellos, haciéndose más fuerte cada día, de que el hombre no pertenecía a su mundo. Era algo otro, algo más allá de la comprensión humana.

Leona, la curandera del pueblo, fue la primera en hablar con él. Era conocida por su valentía y su mente abierta, y la noche que llegó el extraño, su curiosidad superó su miedo. Se le acercó al anochecer, parada al borde del bosque, su figura apenas visible en la luz menguante. “¿Quién eres tú?” preguntó, con la voz firme pero suave. El extraño dirigió su mirada hacia ella, sus ojos brillando débilmente en la penumbra.

“Soy un viajero,” dijo, con una voz tan suave como la seda pero con una profundidad inquietante. “Vengo de muy lejos, buscando… algo.”

“¿Y qué es lo que buscas?” insistió Leona, aunque algo en su interior le decía que tal vez no quisiera saber la respuesta.

“Un lugar,” respondió, mirando hacia el bosque. “Un lugar donde el velo entre los mundos es delgado.”

Leona habla con un misterioso extraño en un claro del bosque medieval al anochecer, donde las largas sombras de los árboles se alargan.
Leona, la sanadora del pueblo, se encuentra con el extraño al atardecer, mientras el bosque proyecta largas sombras y conversan sobre lo desconocido.

Leona frunció el ceño. El bosque siempre había sido considerado sagrado por los aldeanos, un lugar donde la vieja magia aún perduraba. Los ancianos lo describían como un umbral, un lugar donde los reinos del espíritu y el hombre se tocaban. La idea de que este extraño lo estuviera buscando le recorrió la espina dorsal.

“Hablas de las tierras prohibidas,” dijo, con voz baja. “Nadie se atreve a entrar en esos bosques después del anochecer.”

El extraño sonrió, aunque el gesto no hizo nada para calentar el aire entre ellos. “No temo a la oscuridad,” dijo simplemente. “Es el crepúsculo lo que me interesa. Los momentos intermedios. Ahí yace la verdad.”

La conversación con el extraño dejó a Leona intranquila, pero no podía quitarse la sensación de que había más en sus palabras que simples acertijos. En los días siguientes, lo observó a distancia, siempre parado al borde del bosque, siempre mirando hacia los árboles como si esperara algo. Otros en el pueblo comenzaron a notar su comportamiento extraño, y pronto los ancianos convocaron una reunión para debatir qué hacer con el extraño.

Dentro del antiguo salón de piedra donde se reunían los ancianos del pueblo, el fuego parpadeaba débilmente, proyectando largas sombras en las paredes. Leona se sentó tranquilamente al fondo, escuchando cómo los ancianos debatían en tonos bajos. La mayoría estaba de acuerdo: el extraño no era de fiar. Su llegada marcaba un cambio en el ambiente, algo ominoso que nadie podía explicar, pero todos sentían.

“Él es un presagio,” dijo el Anciano Boran, su voz rasposa por la edad. “Deberíamos enviarlo antes de que nos traiga la ruina.”

Otros asintieron en acuerdo, pero la mente de Leona corría. Recordó las palabras del extraño: los momentos intermedios. ¿Qué quería decir con eso? ¿Qué verdad podría haber en el crepúsculo, en el espacio entre el día y la noche? Era un pensamiento extraño, pero uno que la tironeaba, negándose a ser descartado.

“Hablaré con él de nuevo,” dijo de repente Leona, su voz cortando los susurros de los ancianos. Todas las miradas se volvieron hacia ella, algunas con aprobación, otras con preocupación. “Quiero entender qué es lo que busca.”

Esa noche, Leona se aventuró al borde del bosque una vez más. El aire estaba cargado de anticipación, y las estrellas comenzaban a destellar en el cielo que se oscurecía rápidamente. El extraño estaba allí, como siempre, esperando.

“Has vuelto,” dijo él sin volverse a enfrentarla, como si hubiera sabido todo el tiempo que ella regresaría.

“Necesito respuestas,” respondió ella, acercándose. “¿Qué es lo que realmente buscas aquí? ¿Qué hay en el crepúsculo?”

Por un momento, el extraño permaneció en silencio, como si pesara cuidadosamente sus palabras. Luego se volvió hacia ella, su rostro suavizado por la luz tenue. “El crepúsculo no es simplemente el final del día,” dijo, con voz reflexiva. “Es el espacio intermedio, un pasaje entre este mundo y el siguiente. En ese momento, las fronteras entre los mundos se debilitan. Vengo buscando una manera de atravesarlo.”

“¿Una manera de atravesarlo?” repitió Leona, con el corazón latiendo con fuerza. “¿Hacia dónde?”

La mirada del extraño parecía atravesar la misma noche. “Al mundo más allá. El mundo de los olvidados. Aquellos que permanecen allí no están muertos, ni realmente vivos. Existen en un lugar entre el tiempo, esperando que alguien que los recuerde los llame de vuelta.”

Leona se encuentra al borde de un bosque mientras el extraño envuelto en una capa señala hacia el interior del bosque, con el crepúsculo proyectando largas sombras.
Leona escucha mientras el extraño señala hacia el bosque, explicando la conexión entre el anochecer y el reino olvidado.

La respiración de Leona se detuvo en su garganta. El pueblo había tenido durante mucho tiempo historias de los olvidados, espíritus de aquellos perdidos en el tiempo, ni completamente vivos ni muertos, atrapados en el crepúsculo. La mayoría los consideraba mitos, historias contadas para asustar a los niños y evitar que deambularan por el bosque al anochecer. Pero escuchar al extraño hablar de ellos con tal certeza la hizo preguntarse si había más verdad en las historias de lo que ella había creído alguna vez.

“¿Y qué pretendes hacer una vez que los encuentres?” preguntó, con la voz apenas por encima de un susurro.

“Los devolveré,” dijo el extraño. “Busco reunir a los olvidados con aquellos que los recuerdan.”

Leona dio un paso atrás, el peso de sus palabras calando hondo. Si los olvidados pudieran regresar, ¿serían los mismos de antes, o habrían cambiado? Había demasiado que no entendía, pero una cosa era cierta: la presencia del extraño anunciaba algo mucho más peligroso de lo que había realizado al principio.

Durante los siguientes días, la atmósfera en Fairgrove se volvió tensa. Los aldeanos podían sentir que algo se acercaba, algo ligado al crepúsculo y al extraño que observaba el bosque con sus ojos brillantes y inquietantes. Los niños eran mantenidos dentro al anochecer, y los ancianos realizaban rituales antiguos, esperando proteger al pueblo de cualquier oscuridad que pudiera acercarse.

Sin embargo, Leona no podía sacudirse su curiosidad. Cada noche visitaba al extraño en el borde del bosque, escuchando sus palabras crípticas, tratando de entender lo que planeaba. Hablaba de los olvidados con una extraña reverencia, como si no fueran simples espíritus sino seres de gran poder, atrapados entre los mundos. Insinuaba un ritual, uno que podría abrir el pasaje entre su mundo y el suyo, pero nunca revelaba los detalles.

Entonces, una noche, mientras el crepúsculo se profundizaba y las sombras se alargaban, el extraño le dijo la verdad. “Mañana, el velo entre los mundos estará en su punto más delgado,” dijo, con voz suave pero urgente. “Al anochecer, el pasaje se abrirá, y cruzaré al reino de los olvidados.”

El corazón de Leona latía con fuerza. “¿Y qué sucederá si tienes éxito?”

Los ojos del extraño brillaron en la luz menguante. “Los olvidados retornarán, y el equilibrio entre los mundos será restaurado.”

El siguiente atardecer, el pueblo estaba inusualmente tranquilo. Los sonidos habituales de risas y charlas estaban ausentes, reemplazados por una quietud inquietante que se asentaba sobre la tierra como una manta. Los aldeanos sentían que algo andaba mal, pero no sabían qué. Solo Leona entendía lo que estaba a punto de suceder, y aún ella no estaba segura de lo que significaría para el pueblo.

Mientras el sol comenzaba a ponerse, Leona se dirigió al borde del bosque una vez más. El extraño ya estaba allí, parado en las sombras, esperando. “Es hora,” dijo, con una determinación tranquila.

Leona observó cómo la luz se desvanecía del cielo, el mundo siendo lentamente envuelto por el crepúsculo. Por un momento, todo estuvo quieto, como si el mismo aire contuviera la respiración. Luego, sin advertencia, una suave luz comenzó a emanar de los árboles, y el suelo bajo sus pies pareció brillar con una luz de otro mundo.

“El pasaje se está abriendo,” susurró el extraño.

Figuras fantasmales emergen de un bosque místico mientras Leona observa con asombro, rodeada de un halo inquietante al atardecer.
Espíritus fantasmales comienzan a emerger del bosque iluminado por el crepúsculo, mientras Leona observa con asombro, dándose cuenta de que los olvidados están regresando.

De repente, el aire a su alrededor pareció cambiar, y Leona sintió un tirón extraño, como si algo invisible estuviera alcanzando desde las sombras, invitándola a avanzar. El bosque frente a ella parecía ondularse, los árboles doblándose y retorciéndose de maneras antinaturales. Y entonces los vio: figuras emergiendo de las profundidades del bosque, pálidas y translúcidas, sus rostros desconocidos pero inquietantemente familiares.

“Los olvidados,” dijo el extraño, con voz llena de asombro.

Leona miró fijamente a las figuras, su corazón latiendo con fuerza. Se movían silenciosamente entre los árboles, sus ojos fijos en el extraño mientras se acercaban. Había algo tanto hermoso como aterrador en ellos, como si fueran ecos de vidas perdidas hace mucho tiempo, anhelando regresar al mundo que una vez conocieron.

Pero a medida que se acercaban, Leona sintió una creciente sensación de pavor. Algo estaba mal. El aire a su alrededor se volvió más frío, y la luz que antes parecía suave y cálida ahora se sentía dura y poco acogedora. Se dio cuenta de repente de que las figuras no se detenían; se dirigían directamente hacia el pueblo.

“No,” susurró, dando un paso atrás. “Esto no está bien.”

El extraño se volvió hacia ella, su expresión impenetrable. “Los olvidados deben regresar,” dijo simplemente. “Este es el equilibrio.”

En ese momento, Leona entendió. Los olvidados no eran solo espíritus, eran algo mucho más peligroso. Habían sido atrapados por una razón, y liberarlos perturbaría el frágil equilibrio entre los mundos. El extraño le había mentido. No se trataba de reunir a los olvidados con aquellos que los recordaban, sino de poder, de desatar fuerzas que nunca deberían haber sido perturbadas.

Con una explosión de adrenalina, Leona se dio la vuelta y corrió de regreso al pueblo, su corazón palpitando en su pecho. Tenía que advertir a los demás, tenía que detener el ritual antes de que fuera demasiado tarde. Pero a medida que se acercaba al pueblo, ya podía ver a los olvidados moviéndose por las calles, sus formas pálidas proyectando largas sombras en el crepúsculo.

Los aldeanos estaban paralizados en su lugar, sus ojos abiertos de par en par de miedo mientras las figuras pasaban. Algunos extendían la mano hacia los olvidados, como si los reconocieran, pero Leona sabía mejor. Estos no eran sus seres queridos. Eran algo completamente diferente, algo oscuro y antiguo que no tenía lugar en el mundo de los vivos.

Desesperada, Leona corrió al centro del pueblo, donde los ancianos se habían reunido en un círculo, sus rostros sombríos. “Debemos detenerlos,” jadeó, sin aliento. “El extraño los ha traído aquí, ha abierto el pasaje.”

El Anciano Boran la miró con ojos llenos de tristeza. “Lo sabemos,” dijo en voz baja. “Pero puede que ya sea demasiado tarde.”

Antes de que Leona pudiera responder, el aire a su alrededor pareció enfriarse aún más, y el suelo bajo sus pies comenzó a temblar. Los olvidados estaban llegando, y no quedaba tiempo.

En un esfuerzo desesperado por salvar el pueblo, Leona y los ancianos realizaron los ritos antiguos, invocando la vieja magia que había protegido a Fairgrove durante generaciones. El aire chisporroteaba con energía mientras cantaban, sus voces elevándose al unísono. Pero incluso mientras trabajaban, Leona podía sentir la presencia de los olvidados creciendo más fuerte, su aliento frío rozando su piel.

De repente, hubo un destello de luz, y el suelo bajo ellos se abrió, revelando un vacío oscuro y giratorio. Los olvidados estaban siendo arrastrados hacia él, sus formas pálidas parpadeando como llamas de vela en el viento. Leona observó con horror cómo eran tragados por el vacío, sus gritos resonando en el aire.

Luego, tan rápidamente como había comenzado, el vacío se cerró, y el pueblo quedó silencioso una vez más.

Cuando todo terminó, Leona estaba de pie en la plaza del pueblo, su cuerpo temblando de agotamiento. Los olvidados se habían ido, regresando al mundo del que habían venido. Pero el pueblo nunca sería el mismo. El equilibrio había sido restaurado, pero a un gran costo.

El extraño había desaparecido, su destino desconocido. Y aunque el pueblo estaba a salvo por ahora, Leona sabía que el crepúsculo nunca volvería a ser un lugar de paz. Era un lugar de poder, un lugar donde el velo entre los mundos era delgado, y donde los olvidados aún persistían, esperando el momento en que pudieran regresar una vez más.

Leona y los ancianos del pueblo lanzaron hechizos protectores en la plaza del pueblo, con símbolos resplandecientes iluminando la oscura noche.
Leona y los ancianos del pueblo se reúnen en la plaza, lanzando hechizos protectores mientras los espíritus olvidados se acercan, amenazando la aldea.

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