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Acerca de la historia: La Campana de Plata de Itauguá es un Historical Fiction de paraguay ambientado en el 18th Century. Este relato Dramatic explora temas de Redemption y es adecuado para Adults. Ofrece Cultural perspectivas. Una leyenda olvidada. Una campana maldita. Un destino del que no se puede escapar.
Itauguá era un pueblo lleno de secretos. Bajo el murmullo de la vida cotidiana—el charla de las encajaderas, el traqueteo de los carritos de madera en las calles empedradas, el distante rasgueo de una arpa—había algo más. Algo más antiguo que las personas que vivían allí.
Una leyenda susurrada de generación en generación.
La llamaban La Campana de Plata de Itauguá.
Nadie sabía exactamente de dónde provenía, solo que sonaba cuando ninguna mano la tocaba. Que hablaba con aquellos que se atrevían a escuchar. Y que tenía el poder de desentrañar el pasado—de despertar a los muertos de su sueño inquieto.
Durante siglos, había permanecido oculta. Hasta la noche en que volvió a llamar.
Y el único que la escuchó fue Mateo Rojas.
Mateo nunca había creído en las historias. Había crecido observando a su madre, Doña Carmen, tejer encaje ñandutí, sus manos tan rápidas y precisas como las de una músico que toca el arpa. Cada mujer de su familia había sido una maestra del oficio, y el pueblo de Itauguá era famoso por ello. Pero Mateo—aunque tenía el talento—nunca había encontrado alegría en los interminables y delicados patrones. Quería más. Algo más allá del ritmo del telar. Más allá de la vida lenta y predecible de un hijo de encajador. Así que cuando el Padre Esteban, el más anciano sacerdote de Itauguá, apareció en su puerta una noche, con el rostro ensombrecido por algo parecido al miedo, Mateo sintió que su corazón se detenía. “Necesito tu ayuda,” dijo el sacerdote, con la voz apenas por encima de un susurro. “Hay algo que debes ver.” Sin dudarlo, Mateo lo siguió. Caminaban por las oscuras calles del pueblo, pasando las silenciosas casas y la plaza vacía, hasta que llegaron a la Capilla de San Roque, una reliquia derruida de tiempos coloniales. El Padre Esteban lo condujo por una puerta lateral y bajaron por un estrecho pasaje de piedra, profundamente bajo la capilla. El aire olía a piedra húmeda, cera vieja y algo más—algo antiguo. Luego, en el tenue resplandor de una vela, Mateo lo vio. Una campana de plata pura, cubierta de símbolos extraños—algunos que reconocía de antiguos artefactos guaraníes, otros que parecían casi… de otro mundo. Apenas tuvo tiempo de procesar lo que veía cuando el sacerdote habló de nuevo. “La campana sonó anoche,” dijo. “Nadie la tocó.” Mateo sintió un escalofrío subir por su columna vertebral. El Padre Esteban explicó lo poco que sabía. La campana había pertenecido una vez a los Jesuitas, antes de que fueran expulsados de Paraguay en el siglo XVIII. Pero antes de eso, había sido algo más—algo más antiguo. Los Jesuitas la habían tomado de los guaraníes, quienes durante mucho tiempo habían creído que era un objeto sagrado, un regalo de sus dioses. Nadie sabía exactamente qué podía hacer. Solo que aquellos que la escuchaban nunca volvían a ser los mismos. “No debes tocarla nunca,” advirtió el sacerdote. “Revelará verdades que es mejor dejar enterradas.” Pero Mateo no pudo dormir esa noche. Permaneció despierto, mirando al techo, con la mente zumbando. Se sentía… llamado. Así que justo antes de la medianoche, se escabulló de la cama y regresó a la capilla. La campana lo esperaba. Alcanzó la campana, sus dedos rozando la fría superficie de plata. Un extraño calor pulsaba bajo su toque. Y entonces—sin pensarlo—la tocó. El sonido era diferente a todo lo que había oído jamás. Profundo y claro, pero suave como un susurro. Un sonido que no solo llenaba el aire—lo llenaba a él. El suelo tembló. El aire se espesó. Y luego—llegaron las voces. Un susurro, bajo y resonante. *"Mateo… nos has despertado."* La habitación giró. Las sombras se desplazaron. La vela se apagó. Y en la oscuridad, algo lo observaba. A la mañana siguiente, el pueblo estaba en ebullición. La gente afirmaba haber soñado con cosas que nunca habían conocido. Visiones de ancestros desaparecidos hace mucho tiempo, de lugares perdidos en el tiempo. Historias transmitidas por generaciones de repente cobraban vida en sus mentes. Pero Mateo no había soñado. La campana le había mostrado el pasado. Una niña vestida de blanco, parada al borde del Lago Ypacaraí, su cabello oscuro fluyendo como tinta contra su vestido pálido. Sus ojos llenos de tristeza. *"Encuéntrame,"* había susurrado. Su nombre resonaba en su mente. La hija perdida de un sacerdote jesuita y una mujer guaraní. Una niña cuya mera existencia había sido prohibida. Y ella lo había estado esperando. Las visiones de Mateo se volvieron más fuertes. De día, veía sombras que nadie más notaba. De noche, soñaba con una época en que los Jesuitas gobernaban la tierra, cuando el pueblo guaraní estaba dividido entre la fe y la tradición. La campana no solo lo había llamado. Lo había elegido a él. El Padre Esteban vio el cambio en él. “Debes detenerte,” advirtió. “La campana exige un precio.” Pero Mateo sabía que no podía retroceder. Tenía que encontrar a Isabel. Y así, una noche, bajo la luna llena, siguió las visiones hasta el lago. El viento aullaba. El agua brillaba plateada bajo las estrellas. Y entonces—ella apareció. No un fantasma. No un sueño. La voz de Isabel era suave, pero había una urgencia en ella. “La campana estaba destinada a protegernos,” dijo. “Pero fue usada para otra cosa. Mi padre… ellos… me sacrificaron para silenciarla.” El aliento de Mateo se detuvo. Ella había muerto para evitar que la campana volviera a sonar. Y ahora estaba despierta. Mateo tenía una elección. Dejar la campana como estaba—su poder desatado, su pasado consumiendo el pueblo. O tocarla una última vez y corregir las cosas. Regresó a la capilla a medianoche. El Padre Esteban lo esperaba. “No es seguro que sobrevivas,” dijo el sacerdote. Pero Mateo solo asintió. Alzó el martillo. Y, con todas sus fuerzas, tocó la campana. El sonido explotó en la noche. El suelo tembló. El viento aulló. Las sombras se arremolinaban como nubes de tormenta. Y entonces—una gran luz. Los espíritus del pasado se levantaron, sus voces fusionándose en un último himno. La superficie de plata de la campana se agrietó, su canción convirtiéndose en un susurro largo y desvanecido. Y entonces—silencio. Isabel sonrió. "Gracias," susurró. Y luego desapareció. La campana se rompió. El pueblo despertó en paz. Los susurros se habían ido. Las visiones se habían desvanecido. La Campana de Plata de Itauguá ya no existía. Pero en el corazón del pueblo, donde una vez estuvo la capilla, quedó una sola placa: *"Aquí yace la Campana de Plata—perdida, pero nunca olvidada."* Algunos dicen que, en ciertas noches, si el viento sopla justo… Aún puedes oírla sonar. Un suave tintineo de plata. Un recuerdo del pasado.El Hijo del Tejedor
La leyenda era real.
La Campana Llama
Visiones del Pasado
Él había visto.
Isabel.
La Maldición Desenredada
Algo intermedio.
La Última Campanada
Epílogo: La Leyenda Continúa
Fin.