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Acerca de la historia: Las Sirenas de Baños es un Legend de ecuador ambientado en el Contemporary. Este relato Dramatic explora temas de Romance y es adecuado para All Ages. Ofrece Moral perspectivas. El río nunca olvida a aquellos que se atreven a amar a lo perdido.
Baños de Agua Santa, un pequeño pueblo enclavado en las exuberantes montañas andinas de Ecuador, ha sido reconocido durante mucho tiempo por sus cascadas imponentes, bosques nebulosos y el resplandor etéreo de sus aguas termales. Es un lugar donde la naturaleza zumba con un ritmo antiguo, y los ríos parecen susurrar secretos conocidos solo por el viento.
Entre las muchas leyendas que danzan por las calles de Baños, una historia perdura por encima de todas: la historia de las Sirenas de Baños. Durante generaciones, los locales han hablado de hermosos espíritus acuáticos que rondan las piscinas bajo las cascadas y las profundidades ocultas del río Pastaza. Algunos las llaman protectoras del agua, guardianas de un mundo invisible. Otros, sin embargo, creen que son presagios de desgracia, atrayendo a los perdidos y solitarios hacia el abismo.
Pero la verdad es mucho más trágica de lo que cuentan las historias.
Esta es la historia de Lucía y Valeria, dos hermanas ligadas al río, atrapadas para siempre entre los mundos de la tierra y el agua.
Mucho antes de que Baños se convirtiera en un refugio para viajeros y aventureros, existía una pequeña casa de madera situada cerca de las orillas del río Pastaza, justo más allá del rugido de la cascada Pailón del Diablo. Fue allí donde Lucía y Valeria crecieron, dos hermanas tan diferentes como la noche y el día. Lucía era salvaje, siempre desapareciendo en la jungla, trepando árboles y lanzándose sin miedo al abrazo del río. Tenía una risa que resonaba por las colinas, un espíritu demasiado inquieto para la vida tranquila que su madre, Doña Rosa, había esperado para ellas. Valeria, por otro lado, era gentil e introspectiva, atraída por la manera en que el agua brillaba al amanecer, su superficie reflejando la inmensa extensión del cielo. Ella era la que escuchaba las viejas historias, la que oía los susurros del río incluso cuando los demás no lo hacían. —Nunca deben ir más allá de la cascada —les advirtió su madre, con una voz teñida de una inquietud que nunca explicó del todo—. El río está vivo. Lo recuerda todo. Lucía siempre se reía. —Es solo agua, mamá. Pero Valeria no estaba tan segura. Una noche de verano, bajo una luna llena que bañaba el valle en plata, Lucía convenció a Valeria para escabullirse y darse un baño a medianoche. — Solo esta vez —prometió Lucía, tirando de su hermana hacia la orilla del río—. El agua está caliente por la noche. Será mágico. Y así fue. El río esa noche era diferente a todo lo que habían visto antes. Brillaba suavemente, como si las estrellas mismas hubieran caído en las profundidades. Peces dorados y extraños se deslizaban bajo la superficie, sus escamas destellando como pequeños soles. El agua envolvía sus cuerpos con una suavidad antinatural, la corriente tirándolas hacia adelante, más profundo en lo desconocido. Entonces, comenzó el canto. Al principio era débil, un zumbido delicado, llevado por la brisa, filtrándose a través de la niebla que se aferraba a la orilla del río. La melodía era inquietante, a la vez triste y seductora, como una nana destinada a almas perdidas. Valeria dejó de nadar. —Lucía… ¿escuchas eso? Lucía, hipnotizada, no respondió. Ya estaba nadando hacia el sonido. Y entonces, la corriente se volvió violenta. Valeria gritó mientras una fuerza invisible las arrastraba hacia la cascada, el río que antes era gentil de repente se convirtió en una cosa viva, retorciéndose y tirando con un hambre que no podía resistir. Intentó alcanzar a Lucía, pero su hermana ya se desvanecía bajo la superficie, su figura difuminándose en las oscuras aguas. Lo último que Valeria vio antes de que el río la llevase fue la luna arriba—aquella perfecta y sin parpadear, observando cómo el agua se cerraba sobre ambas. Pasaron días. Luego semanas. Doña Rosa buscó incansablemente, llamando sus nombres en el verde interminable de la jungla, su voz ronca por el dolor. La gente de Baños se unió a ella al principio, pero con el paso del tiempo, sus voces se desvanecieron. Las hermanas habían desaparecido. Pero el río había cambiado. Comenzó con susurros—pescadores que afirmaban oír voces emergiendo de la niebla, suaves y melancólicas. Luego llegaron los avistamientos. Los viajeros hablaban de figuras con escamas relucientes, observando desde las sombras de las cascadas. Algunos solo veían sus ojos, brillando como luciérnagas en la noche. Otros juraban que escuchaban sus nombres susurrados en la prisa de la corriente. Una noche, Don Esteban, un viejo viajero que transitaba por Baños, las vio con sus propios ojos. Había estado descansando cerca del río Pastaza, la luna llena convertía el agua en seda plateada. Al inclinarse para rellenar su cantimplora, vio a una mujer sentada en una roca, su largo cabello oscuro goteando sobre la piedra. Su espalda estaba desnuda, lisa como piedras pulidas del río, pero donde debían estar sus piernas, había algo más. Escamas. Brillantes, iridiscentes, moviéndose con el pulso del agua. Giró la cabeza, y por un breve momento, Don Esteban vio ojos que reconoció—ojos llenos de anhelo y tristeza. —Sabes quién soy —susurró. Y entonces, desapareció. El río la tragó entera. Entre los muchos que escucharon la leyenda, un hombre se negó a creerla. Su nombre era Mateo, un pescador nacido y criado en Baños, cuyo corazón siempre había pertenecido al río Pastaza. Pescaba sus aguas desde niño, aprendiendo sus humores, respetando su poder. Pero una tarde, mientras lanzaba su red bajo la Cascada de Agoyán, la vio. Estaba medio oculta bajo la niebla, su cabello oscuro desplegado sobre el agua como pétalos flotantes. Sus labios se movían, formando una melodía que envolvía su alma y la apretaba. Y se enamoró. Cada noche, Mateo regresaba, hablando suavemente con el río, susurrando palabras de devoción. Y eventualmente, ella respondió. —No deberías estar aquí —le advirtió. —Pero te amo —susurró Mateo. Una profunda tristeza parpadeó en sus ojos. —El amor no puede salvarme. Pero Mateo se negó a aceptarlo. Buscó a Madre Tomasa, la vieja sanadora, quien le habló de un hechizo que podría romper la maldición. —Si deseas liberarla, debes robar una gota de agua del corazón de la cascada a medianoche y beberla bajo la luna. Decidido, Mateo escaló los acantilados sobre el Pailón del Diablo, sintiendo el rugido del agua vibrar en sus huesos. Alcanzó la gota encantada— Y el río se rebeló. Un rayo partió el cielo. Las aguas se alzaron con furia y, desde las profundidades, emergieron dos figuras. Lucía y Valeria. Sus ojos ardían como estrellas, sus manos estirándose hacia él. —Deberías haberte ido —susurraron. A la mañana siguiente, el barco de Mateo fue encontrado a la deriva en la orilla del río. Sus huellas desaparecieron en la orilla. La historia no termina. Incluso ahora, las sirenas de Baños permanecen. Algunos dicen que protegen los ríos, cuidando el agua que les dio una nueva vida. Otros creen que esperan almas perdidas, llamándolas a casa. Y cuando la luna está llena, el río brilla, como si las recordara. Quizás, si escuchas con atención, también las oigas—a las voces del río, cantando a través de la niebla. Pero ten cuidado. Una vez que el río llama tu nombre, nunca olvida.Las Hermanas de la Cascada
Transformación Bajo la Luna
La Maldición de los Amantes
Los Guardianes del Río