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El Mbói Tu’i: La Serpiente de Cabeza de Loro
Deep within the Paraguayan jungle, a lone feather lies on the damp forest floor, illuminated by a shaft of sunlight—an eerie sign of the legend that lurks within the shadows.

Acerca de la historia: El Mbói Tu’i: La Serpiente de Cabeza de Loro es un Legend de paraguay ambientado en el Contemporary. Este relato Dramatic explora temas de Nature y es adecuado para Adults. Ofrece Moral perspectivas. Un viaje prohibido a las profundidades de la jungla despierta a un guardián ancestral: algunos mitos nunca deberían ser perturbados.

La naturaleza salvaje paraguaya es una tierra de raíces enmarañadas y leyendas susurradas, donde la selva zumba de vida y el aire está cargado de misterio. Para aquellos que llaman a esta tierra su hogar, el Mbói Tu’i es más que un mito: es una advertencia.

Dicen que vigila desde los árboles, su cabeza parecida a la de un loro se funde con el vibrante dosel. Se desliza entre las sombras, sus escamas reflejan los profundos verdes y marrones del sotobosque. Cuando canta, la selva escucha. Cuando ataca, la selva se silencia.

Para algunos, es un guardián. Para otros, un presagio.

Para quienes han vislumbrado su corona emplumada y sus ojos penetrantes, es algo completamente diferente.

Es una fuerza de la naturaleza.

Y no perdona.

La Misión en el Abismo Verde

La expedición se había planificado durante meses. La Dra. Valeria Cárdenas no era ajena a los mitos, y había pasado años rastreando historias de críptidos y guardianes ancestrales a lo largo de Sudamérica. Pero el Mbói Tu’i se había convertido en una obsesión.

Miguel y Diego habían sido contratados para la protección. Cazadores experimentados, habían sobrevivido a encuentros con jaguares, caimanes y el ocasional cazador furtivo. Los mitos no los asustaban, hasta ahora.

Su guía, un anciano guaraní llamado Tito, era el único que realmente comprendía la gravedad de su viaje. Había visto cosas en la selva que no podían explicarse, y a medida que se adentraban más en la vegetación, su inquietud crecía.

"Estos árboles tienen espíritus", murmuró mientras blandían el espesarro. "Recuerdan a quienes caminan sobre sus raíces."

Diego, siempre el escéptico, se burló. "Los árboles no tienen memoria, viejo."

Tito no discutió. Simplemente tocó el talismán de madera alrededor de su cuello y siguió caminando.

Al mediodía, la selva los había engullido por completo. El aire era pesado, húmedo y estaba lleno del coro de mil criaturas invisibles. Cuanto más profundizaban, más parecían inclinarse los árboles, sus troncos retorcidos susurrando secretos al viento.

Luego llegó la primera señal.

Una pluma.

Yacía en medio del sendero, verde esmeralda con franjas de carmesí, brillando como si estuviera atrapada entre los reinos del ave y la serpiente.

La Dra. Cárdenas se arrodilló a su lado, sus dedos temblando. "Es real", susurró.

Miguel frunció el ceño. "O alguien la puso aquí."

La voz de Tito era grave. "Ningún hombre coloca las plumas del Mbói Tu’i."

Un grito distante resonó a través de la selva. No era del todo un pájaro. No era del todo una bestia.

El aire se enfrió.

No estaban solos.

Los Árboles Susurrantes

Un campamento en la jungla por la noche, con cuatro exploradores alrededor de una fogata, la tensión palpable en el ambiente y ojos resplandecientes que observan desde las sombras.
A medida que los exploradores se establecen en el campamento, la selva permanece inquieta. Ojos invisibles observan desde la oscuridad, esperando.

Al caer la noche, el grupo había establecido el campamento cerca de un río lento, sus aguas oscuras moviéndose como aceite bajo la luz de la luna.

La selva estaba inquieta.

Tito se sentó junto al fuego, sus manos juntas en oración silenciosa. La Dra. Cárdenas tomaba notas frenéticamente bajo el tenue resplandor de su linterna. Miguel y Diego revisaban sus armas: balas contra algo que no entendían.

"El Mbói Tu’i no ataca sin motivo", dijo finalmente Tito. "Pero tampoco perdona a los intrusos."

Diego suspiró, lanzando un palo a las llamas. "Entonces, ¿qué? ¿Pedimos amablemente que se muestre?"

Tito lo miró. "No. Nos vamos."

La Dra. Cárdenas negó con la cabeza. "No todavía."

Una ráfaga de viento repentina barrió el claro, haciendo que las brasas giraran hacia la noche. La selva quedó en silencio.

Luego, algo se movió.

Una figura entre los árboles. Un destello de esmeralda y rojo.

Un par de ojos observando desde la oscuridad.

El agarre de Diego se apretó sobre su rifle.

Miguel apenas respiraba.

El Mbói Tu’i estaba aquí.

Los Ojos en la Oscuridad

El Mbói Tu’i, una enorme serpiente de escamas esmeralda y cabeza de loro, surge de la jungla, frente a unos exploradores aterrorizados.
El Mbói Tu’i se revela—un magnífico pero aterrador guardián de la selva. Algunas leyendas es mejor dejarlas en paz.

El fuego parpadeaba, proyectando sombras salvajes contra los troncos de árboles milenarios.

Un arrullo melódico resonó en el claro, hermoso y antinatural. Casi hipnótico.

Luego llegó el siseo.

El Mbói Tu’i se deslizó a la vista.

Era masivo, su cuerpo enroscado brillando con la luz del fuego. Plumas coronaban su cabeza como un tocado viviente, cambiando de color mientras se movía. Su pico brillaba, afilado y curvado. Su lengua se movía en el aire, probando su miedo.

La respiración de la Dra. Cárdenas se ahogó. Alcanzó su cámara.

"No lo hagas", advirtió Tito.

Pero ella ya había presionado el botón.

La criatura se estremeció. La selva tembló.

El aire se volvió asfixiante, cargado con el peso de algo antiguo y enojado.

Entonces, Diego cometió el peor error de su vida.

Sus dedos rozaron el gatillo.

El disparo resonó.

La selva explotó.

La Ira del Guardián

Las enredaderas surgieron de la tierra, moviéndose como serpientes vivas.

Diego gritó mientras algo lo arrancaba hacia el sotobosque, su cuerpo desapareciendo en las sombras.

Miguel se giró, sus instintos gritándole que corriera. La Dra. Cárdenas tropezó hacia atrás, su cámara olvidada.

Tito se quedó inmóvil. "No se muevan", susurró.

El Mbói Tu’i se cernía ante ellos, sus ojos llenos de algo más allá de la rabia, algo antiguo.

No mata sin propósito.

Castiga.

Miguel apretó los puños. "Diego—él no—"

La cabeza de la criatura se inclinó. No le importaban las excusas.

Se había dado una advertencia. Una advertencia que se ignoró.

Tito inclinó la cabeza. "Perdónanos."

El Mbói Tu’i los observó durante lo que pareció una eternidad.

Luego, con un movimiento lento y deliberado, se dio la vuelta.

La selva se cerró detrás de él, tragándose los gritos de Diego.

Y luego solo quedó el silencio.

La Maldición Permanece

Diego se encuentra atrapado por las lianas vivas de la selva mientras el Mbói Tu’i se cierne ominosamente, con Miguel y el Dr. Cárdenas observando en horror.
La selva no perdona. Cuando Diego es capturado, los demás se dan cuenta demasiado tarde del precio de haber profanado un terreno sagrado.

No hablaron mientras huían.

La selva había cambiado. El camino de regreso era desconocido, torcido como si la tierra misma se negara a guiarlos a casa.

Cuando finalmente emergieron de los árboles, Miguel cayó de rodillas, jadeando por aire.

La Dra. Cárdenas aferraba sus notas como una tabla de salvación. Tito se quedó en el borde de la selva, mirando hacia la oscuridad.

Diego había desaparecido.

Ningún equipo de búsqueda encontró su cuerpo. Ningún rastro, ninguna señal.

Solo una pluma esmeralda dejada en la orilla del río.

La Dra. Cárdenas publicó sus hallazgos. El mundo lo llamó una farsa.

Miguel dejó atrás su vida como cazador. Nunca volvió a entrar en la selva.

Tito regresó al bosque.

Nunca más se le volvió a ver.

Epílogo: Los Ojos que Vigilan

Miguel y el Dr. Cárdenas se encuentran junto a la ribera al amanecer, mirando una pluma esmeralda que quedó atrás mientras la jungla se alza imponente tras ellos.
Lograron salir, pero no sin pérdidas. La advertencia del Mbói Tu’i sigue flotando en el aire: hay cosas que nunca deberían ser perturbadas.

La leyenda del Mbói Tu’i no murió con su historia.

Incluso ahora, la selva aún canta con su llamado.

Aquellos que escuchan demasiado atentamente a veces oyen algo más.

Un susurro.

Una advertencia.

Un recordatorio de que la selva no olvida.

Y el Mbói Tu’i tampoco.

Fin.

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