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Acerca de la historia: La zorra y las uvas es un Fable de greece ambientado en el Ancient. Este relato Simple explora temas de Perseverance y es adecuado para All Ages. Ofrece Moral perspectivas. Una fábula sobre el orgullo, la perseverancia y las uvas que están justo fuera de alcance. Érase una vez en un hermoso viñedo, un zorro astuto que paseaba por los campos bajo el cálido sol de verano. Su piel de un naranja brillante contrastaba con el verde de las hojas y el morado de las uvas que colgaban de las vides. Tanto le gustaban esas uvas jugosas que sus ojos brillaban de deseo al verlas.
Había una vez, en un hermoso bosque no muy lejos de una pequeña aldea, vivía un zorro astuto y sagaz llamado Félix. El bosque estaba lleno de una vibrante vida silvestre, y los árboles se extendían hacia lo alto, creando un dosel verde que proporcionaba una sombra pacífica. Félix era conocido en todas partes por su ingenio e inteligencia. No solo era rápido de patas, sino también perspicaz de mente. Sin embargo, a pesar de su astucia, Félix también tenía sus defectos, y a veces su exceso de confianza lo desviaba del camino.
Una cálida tarde, Félix vagaba por el bosque en busca de algo que satisfaciera su creciente hambre. Sus patas pisoteaban suavemente el suelo blando, y sus orejas se ponían atentas mientras olfateaba el aire. El calor del verano comenzaba a pasarle factura, y Félix estaba decidido a encontrar algo delicioso para comer. Sus ojos agudos escaneaban el entorno en busca de señales de comida.
A medida que se adentraba más en el bosque, se encontró con un viñedo que estaba enclavado en el borde de los árboles. Este viñedo era famoso por sus abundantes uvas, que colgaban de las vides en racimos jugosos y llenos. La vista de las uvas, brillando bajo la luz del sol, le hacía agua la boca a Félix. Casi podía saborear el jugo dulce y refrescante mientras imaginaba morderlas.
Félix corrió hacia el viñedo, entusiasmado ante la perspectiva de una comida fácil. Las uvas colgaban tentadoramente de una vid alta, justo fuera de su alcance. Los ojos agudos de Félix brillaban con determinación mientras evaluaba la situación. Estaba seguro de que podía alcanzarlas si lo intentaba lo suficiente. Después de todo, ¿qué tan difícil podría ser para un zorro tan inteligente como él?
Félix estiró las patas, poniéndose lo más alto que pudo sobre sus patas traseras, pero las uvas seguían demasiado altas. Saltó, su cuerpo ágil despegando del suelo, pero cayó un centímetro corto. Las uvas se balanceaban sobre él, tentadoramente cerca, pero completamente inalcanzables.
—Hmm —murmuró Félix para sí mismo—. Tal vez una carrera me ayude a saltar más alto.
Retrocedió unos pasos, se agachó y luego se lanzó hacia adelante con toda la velocidad que pudo reunir. Saltando al aire, estiró su cuerpo hacia las uvas, sus garras alcanzando el racimo más cercano. Pero, una vez más, sus esfuerzos fueron en vano. Las uvas permanecieron justo fuera de su alcance, y Félix aterrizó de nuevo en el suelo con un golpe frustrado.
—¡Malditas sean estas uvas! —gruñó Félix—. Deben estar demasiado altas para que cualquier zorro normal las alcance. Pero yo no soy un zorro normal.
Se sentó por un momento, jadeando por el calor y el esfuerzo de sus intentos fallidos. Félix no era de los que se rendían fácilmente, especialmente cuando se trataba de comida. Estaba decidido a poner sus patas sobre esas uvas, sin importar lo difícil que pareciera. Miró a su alrededor, buscando algo que pudiera usar para impulsarse. Sus ojos se posaron en una gran roca cercana.
Con energía renovada, Félix trotó hacia la roca y comenzó a empujarla hacia la base de la vid. Colocó la roca directamente debajo de las uvas, subió sobre ella y se puso erguido. Ahora, seguramente, las uvas estaban al alcance de su mano.
Con un salto confiado, Félix volvió a intentar alcanzar las uvas. Pero para su desilusión, incluso de pie sobre la roca no fue suficiente. Su pata atravesó el aire vacío, las uvas todavía a unos pocos centímetros de su alcance. La frustración crecía dentro de él.

Félix caminaba de un lado a otro, su mente acelerada buscando una solución. Sabía que era un zorro inteligente y, seguramente, había una manera de llegar a esas uvas. Pero cuanto más pensaba en ello, más se molestaba. ¿Por qué tenía que esforzarse tanto por algo que debería ser fácil de conseguir? Las uvas parecían burlarse de él desde su alta percha, balanceándose suavemente con la brisa como si se rieran de sus esfuerzos fútiles.
Con un gruñido, Félix hizo un último intento desesperado. Tomó una carrera, saltó tan alto como pudo y agitó sus patas hacia las uvas. Pero una vez más, falló. Esta vez, sin embargo, aterrizó de forma torpe y rodó por el suelo. Por un momento, Félix simplemente yacía allí, mirando hacia arriba las uvas. Su hambre se había convertido en irritación, y su orgullo había recibido un golpe.
Después de recuperar el aliento, Félix se puso de pie y sacudió la tierra de su pelaje. Miró las uvas con enojo, sus orejas planas contra su cabeza. ¿Cómo podían ser algo tan simple y a la vez tan difícil? Había intentado todo lo que se le ocurrió, pero las uvas seguían fuera de su alcance.
—¡Eso es! —exclamó Félix, su frustración al borde. —Estas uvas deben estar maduras de todas formas. ¿Quién querría comerlas?
Dio la espalda al viñedo y comenzó a alejarse, su cola moviéndose enfadadamente detrás de él. Mientras dejaba las uvas atrás, murmuró para sí mismo:
—Apuesto a que ni siquiera están maduras. Probablemente saben terrible. Estoy mejor sin ellas.
Félix marchó por el bosque, tratando de convencerse de que las uvas no valían la pena. Pero en el fondo, sabía la verdad. Había deseado esas uvas más que nada, y había fracasado en conseguirlas. Pero en lugar de admitir la derrota, Félix eligió proteger su orgullo convenciéndose de que las uvas no eran deseables.
Mientras Félix regresaba a su madriguera, no podía evitar pensar en cuántas veces el orgullo le había interpuesto obstáculos. Había habido otras ocasiones en las que enfrentó desafíos, solo para rendirse cuando las cosas no salían como él quería. Pero en lugar de aprender de sus fracasos, Félix siempre encontraba una manera de justificar sus acciones, culpando todo menos a sí mismo.

El viaje de regreso a casa del zorro era lento y lleno de contemplación. El bosque, antes bullicioso de vida y colores vibrantes, ahora parecía más silencioso. Las orejas de Félix se movían nerviosamente al escuchar el lejano susurro de las hojas, pero su mente estaba en otro lugar. Siempre se había enorgullecido de ser astuto, pero hoy se sentía menos inteligente y más tonto.
Cuando Félix llegó a su madriguera, el sol comenzaba a ponerse, lanzando un resplandor dorado sobre el suelo del bosque. Félix se acurrucó en su madriguera, descansando la cabeza sobre sus patas. Su estómago seguía gruñendo de hambre, pero lo ignoró. Cerró los ojos, tratando de sacar de su mente los pensamientos de las uvas. Pero la imagen de esas uvas llenas y jugosas perduró, recordándole su fracaso.
Durante los siguientes días, Félix intentó olvidar las uvas. Seguía con su rutina habitual, cazando presas más pequeñas y explorando el bosque. Pero no importaba cuánto lo intentara, el recuerdo de las uvas permanecía con él. No eran solo las uvas en sí lo que le molestaba, sino el hecho de que se había rendido tan fácilmente. Había estado tan cerca, y aún así se había alejado, convencido de que las uvas no valían el esfuerzo.
Una mañana, mientras Félix vagaba por el bosque, se encontró con una joven zorra llamada Luna. Luna era entusiasta y llena de energía, siempre admirando a Félix como una mentora. Admiraba su ingenio y astucia y a menudo buscaba su consejo sobre cómo navegar por el bosque.
—¡Buenos días, Félix! —llamó Luna mientras saltaba hacia él—. ¿Qué haces hoy?
—No mucho —respondió Félix, manteniendo un tono casual—. Solo estoy vagando, buscando algo para comer.
Los ojos de Luna brillaron de emoción.
—¡Encontré algo increíble ayer! ¡Un viñedo lleno de uvas, justo al borde del bosque. ¡Parecían tan deliciosas!
El corazón de Félix dio un vuelco. El viñedo. Las uvas. Lo mismo que él había intentado olvidar.
—¿Intentaste alcanzarlas? —preguntó Félix, tratando de sonar desinteresado.
Luna asintió entusiasta.
—¡Oh, lo intenté! Pero estaban demasiado altas. Salté y salté, pero no pude alcanzarlas.
Félix sintió una punzada de reconocimiento. Sabía exactamente cómo se sentía Luna. Pero en lugar de admitir su propia experiencia, Félix sonrió y dijo:
—Bueno, esas uvas probablemente sean ácidas de todas formas. No te perdiste de nada.
Luna inclinó la cabeza, luciendo pensativa.
—¿Crees eso? Parecían tan dulces.

La sonrisa de Félix vaciló por un momento. Recordó cómo habían lucido las uvas, cuánto las había deseado. Pero rápidamente recuperó la compostura.
—Confía en mí, Luna. A veces las cosas parecen mejores de lo que realmente son. Estás mejor sin ellas.
Luna asintió, aunque aún parecía insegura.
—Supongo que tienes razón. Tal vez lo intente de nuevo en otra ocasión.
Mientras Luna se alejaba saltando, Félix la observó irse, sintiendo una mezcla de emociones. Le había dado a Luna el mismo consejo que se había dado a sí mismo: que las uvas no valían el esfuerzo. Pero en el fondo, Félix sabía que eso no era la verdad. Había dejado que su orgullo interfiriera y había transmitido esa misma lección a Luna.
Los días se convirtieron en semanas, y el recuerdo de las uvas lentamente desapareció de la mente de Félix. Continuó viviendo su vida en el bosque, cazando y explorando como de costumbre. Pero de vez en cuando, cuando el sol estaba alto en el cielo y la brisa llevaba el dulce aroma del viñedo, Félix pensaba en las uvas. Y cada vez, se preguntaba si las cosas podrían haber sido diferentes.
Quizás, si hubiera intentado un poco más, si no se hubiera rendido tan rápido, podría haber probado las uvas. Quizás eran dulces y deliciosas, tal como él las había imaginado. O quizás eran ácidas, justo como él se había convencido.
Pero al final, Félix nunca lo sabría. Se había alejado, y la oportunidad se perdió.
La lección que Félix aprendió ese día—lo admitiera o no—fue una de perseverancia y humildad. A veces, las cosas que más deseamos están justo fuera de nuestro alcance, pero eso no significa que sean imposibles de alcanzar. Y a veces, es nuestro propio orgullo lo que nos impide lograr lo que queremos.
Félix continuó enfrentando muchos más desafíos en su vida, algunos de los cuales superó y otros no. Pero cada vez, recordaba la lección de las uvas. Y lentamente, con el tiempo, aprendió que el fracaso no era algo de lo que avergonzarse. Simplemente era una parte de la vida, un paso en el camino hacia el éxito.

Y así, Félix vivió sus días en el bosque, un poco más sabio, un poco más humilde, y siempre con el recuerdo de las uvas permaneciendo en el fondo de su mente.