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Acerca de la historia: La Adivina de La Habana Vieja es un Legend de cuba ambientado en el Contemporary. Este relato Descriptive explora temas de Justice y es adecuado para Young. Ofrece Cultural perspectivas. Una adivina en el Viejo Habana debe enfrentar la ira de un espíritu vengativo para romper una mortal maldición.
Introducción
La Habana Vieja siempre ha sido una ciudad de fantasmas. Sus calles, empedradas con piedras antiguas, aún zumban con los susurros de conquistadores y revolucionarios, de amantes y mentirosos, de soñadores y condenados. El pasado no se desvanece aquí—persiste, entrelazado en la estructura de cada edificio derruido y cada farol parpadeante.
Y en el corazón de todo, anidado entre una vieja tienda de cigarros y un café que nunca cierra, había un pequeño salón de adivinación. Ningún letrero marcaba su presencia, pero todos sabían que existía.
Dentro, se encontraba Isabela La Divina, la mujer que podía ver más allá del velo.
Venían a ella en busca de amor, suerte o simplemente un indicio de lo que les deparaba el futuro. La mayoría se iban con tranquilidades, algunos con advertencias y unos pocos con el miedo grabado en sus almas.
Pero una noche, bajo una luna llena hinchada de secretos, Isabela se enfrentó a un destino diferente a cualquier otro que hubiera visto. Una oscuridad que se extendía a través del tiempo, que no podía ser ignorada.
Y todo comenzó con un hombre que no tenía a dónde más acudir.
Susurros en el Humo
El aroma de salvia quemada llenaba el aire, mezclándose con el rico aroma del fuerte café cubano. Una sola vela parpadeaba sobre la mesa de madera de Isabela, proyectando largas sombras que temblaban con cada soplo de viento que entraba por la ventana abierta.
Barajó la desgastada baraja de cartas del tarot, cuyos bordes estaban suaves por años de uso. Esta noche, algo se sentía… diferente. El aire estaba cargado con algo invisible, una carga eléctrica que le erizaba la piel.
Entonces, la puerta cigüeó al abrirse.
Un hombre entró, su silueta delineada contra el tenue resplandor de los faroles de la calle. Vaciló antes de quitarse el sombrero, revelando un rostro agudo y cansado. Sus ojos oscuros recorrieron la habitación, deteniéndose en las velas y talismanes que adornaban las paredes.
—La Divina —dijo, con voz áspera y teñida de agotamiento—. Necesito tu ayuda.
Isabela hizo un gesto hacia la silla frente a ella. El hombre se sentó, sus hombros tensos.
—¿Tu nombre? —preguntó ella.
—Rafael Espinosa —respondió él.
Ella lo estudió. Tenía la apariencia de un hombre que había enfrentado problemas. El tipo de problemas que no te dejan ir.
—Dime, Rafael —dijo, barajando nuevamente la baraja—, ¿qué te trae aquí esta noche?
Rafael vaciló, sus dedos golpeando la mesa de madera. Luego, finalmente, habló.
—Algo me está siguiendo —dijo, con la voz apenas un susurro.

La Maldición de la Calle San Miguel
La historia de Rafael se deshilachaba como un hilo desgastado.
Había llegado a La Habana desde Santiago de Cuba apenas unos días atrás. Su negocio—la importación de finos textiles—lo había traído a la capital, donde planeaba quedarse solo brevemente. Pero desde el momento en que puso un pie en la Casa de San Miguel, algo se sentía… extraño.
—La casa —murmuró—, me observa.
Isabela sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
La Casa de San Miguel tenía mala fama. Una antigua mansión colonial que una vez perteneció a don Sebastián Montero, un comerciante despiadado sin alma y con demasiada ambición. Su riqueza se había construido sobre traiciones—de amigos, familiares, incluso amantes. Y luego, una noche, simplemente desapareció.
A lo largo de los años, la casa había cambiado de manos, pero nadie permanecía mucho tiempo. Las puertas se cerraban de golpe por sí solas. Susurros fríos resonaban por pasillos vacíos. Espejos reflejaban cosas que no deberían estar allí.
—Debes dejar ese lugar —le dijo ella—. Inmediatamente.
Rafael soltó una risa sin humor.
—Si tan solo fuera tan sencillo —murmuró.
Porque no importaba a dónde fuera, no importaba cuán lejos caminara, cuando caía la noche—estaba allí.
Observando.
Esperando.
Y cuanto más se acercaba a entender la verdad, más fuerte se hacía su presencia.

La Sombra que Camina
Esa noche, Rafael regresó a la Casa de San Miguel, armado con una botella de ron y el valor falso de un hombre que no tenía a dónde más correr.
La casa estaba en silencio, sus paredes cargadas con el peso del pasado. El aire olía a madera húmeda y algo más—algo ligeramente metálico, como hierro oxidado.
Cerró la puerta con llave detrás de él.
Por un largo momento, no ocurrió nada.
Luego, la temperatura bajó.
La vela sobre la mesita de noche parpadeó violentamente antes de extinguirse. Una sombra se acumuló en la esquina lejana de la habitación, moviéndose, estirándose.
Rafael contuvo la respiración.
Y entonces, comenzaron los susurros.
Al principio, eran leves, como el viento entre los árboles. Pero fueron aumentando, más insistentes, voces superpuestas hablando en un idioma que él no entendía.
Su corazón latía con fuerza.
Y entonces—lo vio.
En el espejo al otro lado de la habitación, una figura se encontraba justo detrás de él.
Alta. Hueca. Su rostro, un vacío de oscuridad.
Rafael giró rápidamente, pero la habitación estaba vacía.
Su pulso tronaba en sus oídos.
No estaba solo.

El Precio del Pasado
Cuando Rafael volvió tambaleándose al taller de Isabela, el amanecer ya asomaba sobre La Habana, pintando el cielo en tonos de rosa y dorado.
Sus manos temblaban mientras agarraba el borde de su mesa.
—Tenías razón —balbuceó—. No es la casa. Soy yo. Está tras de mí.
Isabela exhaló lentamente. Los espíritus susurraban en su mente, sus voces entrelazándose en una red enmarañada de pasado y presente.
Lo vio.
La maldición no pertenecía a la casa.
Pertenecía a su familia.
—Tu tatarabuelo —murmuró—. Le quitó algo a don Sebastián Montero, ¿no?
El rostro de Rafael se oscureció.
—Sí —admitió—. Montero hizo un trato—aquel pacto de sangre. Pero mi tatarabuelo lo traicionó. Robó su fortuna. Lo dejó morir.
—Y ahora —dijo Isabela—, su espíritu quiere lo que le fue arrebatado.
El pasado no olvida.
Los muertos no perdonan.
Y algunas deudas solo se pueden pagar con sangre.

El Ritual
Esa noche, Isabela llevó a Rafael de regreso a la Casa de San Miguel, con los brazos llenos de velas, sal y ofrendas para los espíritus.
La casa se alzaba ante ellos, sus ventanas como ojos vacíos.
Dentro, el aire era denso, sofocante. Las paredes gemían como si la casa misma pudiera sentir su presencia.
Comenzaron el ritual.
Isabela invocó a Eleggua, el guardián de las encrucijadas. Quemó hierbas sagradas, recitó oraciones antiguas. Las sombras se retorcían, retrocediendo.
Y entonces—apareció.
El aire chisporroteaba con energía invisible.
La sombra se cernía, moviéndose, observando.
*"Tu sangre me robó,"* susurró.
Rafael tragó saliva.
—No puedo deshacer el pasado —dijo, con voz temblorosa—. Pero no dejaré que me reclame.
Las velas brillaron intensamente, sus llamas ascendiendo alto.
La voz de Isabela se elevó en canto, en oración, en desafío.
El espíritu aulló.
Y luego—de repente—se fue.
El aire se calmó.
La casa suspiró, como liberando algo que había estado cautivo por mucho tiempo.
El pasado había soltado su agarre.
Por ahora.
Epílogo: El Legado de la Adivinadora
La Casa de San Miguel fue abandonada una vez más, dejada a sus fantasmas.
Rafael dejó La Habana, sin volver jamás.
Y Isabela permaneció, sus cartas susurrando nuevos secretos.
Pero a veces, tarde en la noche, cuando el viento aullaba por las calles, lo sentía.
Una presencia.
Un recordatorio.
Porque algunas sombras nunca desaparecen realmente.