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Acerca de la historia: El Jinete Fantasma de Los Llanos es un Legend de venezuela ambientado en el 19th Century. Este relato Dramatic explora temas de Redemption y es adecuado para All Ages. Ofrece Moral perspectivas. Un vaquero maldito recorre las llanuras de Venezuela, atado a la tierra que despreció.
Hay un lugar donde la tierra zumba con un ritmo antiguo, donde las pasturas doradas se extienden hasta donde alcanza la vista, ondulando como olas bajo el dominio de un mar invisible. Los Llanos de Venezuela: vastos, indómitos y llenos de historias. Es un lugar donde las líneas entre los vivos y los muertos se difuminan, donde la naturaleza reina como madre y juez implacable.
Entre los muchos relatos que se susurran aquí, uno destaca por su poder aterrador y misterio. Los lugareños lo llaman *El Jinete Fantasma*. Hablan de su figura esquelética, envuelta en llamas, cabalgando por la sabana en un caballo con ojos como brasas. Algunos dicen que castiga a los codiciosos; otros afirman que es un protector de la tierra, maldito a cabalgar por la eternidad. Cualquiera que sea la verdad, su leyenda es tan perdurable como los propios Llanos.
Pero toda leyenda tiene un comienzo. Esta es la historia de Miguel Santoro, un hombre cuya ambición era tan ilimitada como las llanuras y cuya desafiante actitud hacia las leyes no escritas de la tierra lo llevaría a un tormento eterno.
Miguel Santoro nació en el corazón de Los Llanos, sus primeros recuerdos ligados al aroma terroso del ganado, el crujir de las sillas de montar de cuero y los lejanos llamados de los monos aulladores en los árboles. Su padre, Don Esteban, era un respetado *llanero*, un ganadero cuya vida estaba profundamente arraigada en los ritmos de la tierra. Para Don Esteban, los Llanos eran sagrados, una entidad viva que exigía respeto y reverencia. “Miguel, hijo mío,” solía decir, “los Llanos proveen, pero también toman. Trata la tierra como tratarías a un anciano: escúchala, aprende de ella y nunca la cruces.” Pero Miguel era joven y audaz, con sueños demasiado grandes para ser contenidos por las llanuras. Anhelaba riqueza, aventura y gloria, no la vida sencilla que llevaba su padre. Para él, los Llanos no eran una fuerza sagrada que debiera respetarse; eran un desafío por conquistar. A los veintitrés años, Miguel ya se había hecho un nombre como uno de los *vaqueros* más hábiles de la región. Su lazo podía atrapar al ganado más veloz, y su caballo, Relámpago, era tan salvaje e indomable como Miguel mismo. Juntos, eran imparables, y la fama de Miguel comenzó a extenderse. Pero con la fama vino la arrogancia. Miguel empezó a desestimar las viejas supersticiones de su familia y vecinos. Cuando su madre le advertía que tuviera cautela, él se reía. “Los Llanos son vastos, pero son míos para dominar,” declaraba. “Ningún fantasma ni maldición se interpondrá en mi camino.” Fue en una noche de luna llena, durante uno de los paseos solitarios de Miguel, que ocurrió el primer encuentro extraño. Había estado siguiendo el Río Apure, cuyas aguas oscuras brillaban bajo la luz pálida, cuando Relámpago se detuvo de repente, con las orejas tensas de nerviosismo. “¿Qué pasa, chico?” preguntó Miguel, acariciando el cuello del potro. Fue entonces cuando vio la figura. Un anciano, encorvado y frágil, estaba de pie en la orilla del río, su rostro sombreado por el ala ancha de su sombrero. Su ropa estaba raída, pero su voz era fuerte cuando habló. “Cabalgas con el orgullo de un conquistador, joven,” dijo el anciano. “Pero estas tierras no son tuyas para gobernar.” Miguel frunció el ceño, su orgullo herido. “He ganado mi lugar aquí. ¿Quién eres tú para cuestionarme?” Los ojos del anciano brillaron con algo de otro mundo. “Ten cuidado, Miguel Santoro. Los Llanos no tienen paciencia para la arrogancia. Regresa a casa antes de que sea demasiado tarde.” Miguel se burló y espoleó a Relámpago hacia adelante, dejando al anciano atrás. Sin embargo, mientras cabalgaba, no podía quitarse la sensación de que las palabras del hombre tenían un peso más allá de la mera superstición. No mucho después, llegó a Miguel la noticia de un desafío que encendió su sangre: la hacienda vecina de Don Roldán ofrecía una fortuna a quien pudiera domar a un potro salvaje conocido como El Diablo. La bestia era infame por su furia, habiendo herido e incluso matado a quienes intentaron montarlo. Para Miguel, domar a El Diablo no era solo una oportunidad para la riqueza, sino una chance de consolidar su legado. El día del desafío amaneció caluroso y sin nubes. Una multitud se había reunido alrededor del corral donde El Diablo resoplaba como un demonio, su pelaje negro reluciendo con sudor y sus ojos ardiendo con un fuego antinatural. El aire estaba cargado de tensión cuando Miguel llegó, su sonrisa confiada generando tanto admiración como inquietud. “Ten cuidado, Miguel,” advirtió un compañero *vaquero*. “Ese caballo está maldito.” Miguel se rió, subiéndose a Relámpago con facilidad. “Las maldiciones son para los cobardes.” La multitud guardó silencio mientras Miguel entraba al corral. El Diablo cargó contra él, pero Miguel estaba preparado. Con una habilidad perfeccionada por años de experiencia, maniobró a Relámpago alrededor del potro, su lazo volando por el aire. En cuestión de momentos, El Diablo quedó atrapado y la victoria de Miguel estaba sellada. Los vítores estallaron, pero no todos celebraron. Entre la multitud, el anciano del río observaba, su rostro serio. “Has tomado lo que no debías,” murmuró. “Y los Llanos lo retomarán.” El triunfo de Miguel fue de corta duración. En las semanas siguientes, la desgracia comenzó a acosarlo. Su ganado desapareció sin dejar rastro. Sus cosechas se marchitaron a pesar de las lluvias. Incluso Relámpago, antes intrépido, se volvió nervioso, con las orejas siempre tensas como si sintiera algo que Miguel no podía percibir. Al principio, Miguel desestimó estos eventos como coincidencias. Pero cuando una tormenta se desató una noche, con una furia como nunca había visto, comenzó a sentir el peso de la advertencia del anciano. Rayos partieron el cielo, y el trueno rugió como los cascos de mil caballos. Fue en esta noche que el destino de Miguel se selló. Desesperado por respuestas, Miguel cabalgó de regreso a la orilla del río donde había encontrado al anciano por primera vez. El viento aullaba entre las pasturas mientras gritaba hacia la oscuridad. “¡Muéstrate, anciano! Si esto es obra tuya, ¡enfréntate a mí!” El suelo tembló, y el anciano apareció, pero esta vez no estaba solo. Detrás de él se encontraban las formas espectrales de *vaqueros* hace mucho tiempo muertos, con ojos huecos y rostros torcidos en angustia eterna. “Fuiste advertido,” dijo el anciano. “Tomaste de los Llanos sin respeto, y ahora debes pagar el precio.” Miguel intentó huir, pero los espíritus lo rodearon. Un rayo cayó, y cuando la luz cegadora se desvaneció, Miguel ya no era un hombre. Su carne había sido despojada, dejando solo un esqueleto envuelto en llamas fantasmas. Relámpago también fue transformado, su cuerpo ardiendo en fuego y sus ojos brillando en rojo. “Ahora estás atado a estas llanuras,” dijo el anciano. “Para siempre un recordatorio del precio de la arrogancia.” Hasta el día de hoy, los viajeros hablan del Jinete Fantasma. En noches de luna llena, afirman verlo cabalgar por las llanuras, su figura llameante proyectando un resplandor inquietante contra la oscuridad. Algunos creen que es un presagio de desgracia, castigando a quienes faltan al respeto a la tierra. Otros lo ven como un guardián trágico, protegiendo los Llanos de males mayores. Pero sea cual sea su propósito, una cosa es segura: la historia de Miguel Santoro perdura. Se cuenta al calor de las fogatas, pasando de una generación a otra, una historia de advertencia sobre el poder de la tierra y las consecuencias de desafiar su voluntad. Y así, bajo la inmensa extensión del cielo venezolano, el Jinete Fantasma recorre los Llanos, su viaje eterno una melodía inquietante en la canción de Los Llanos.Un Hombre de las Llanuras
El Primer Presagio
El Potro Indomable
La Maldición Se Apodera
La Transformación
El Jinete Fantasma de Los Llanos
Fin