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Acerca de la historia: El río que ríe de Kabul es un Historical Fiction de afghanistan ambientado en el 20th-century. Este relato Poetic explora temas de Romance y es adecuado para Adults. Ofrece Cultural perspectivas. Una historia atemporal de amor, pérdida y el río que nunca olvida.
Kabul, con sus montañas escarpadas y calles vibrantes, siempre ha sido una ciudad de contrastes, un lugar donde la belleza y el dolor caminan de la mano. Por su corazón fluye el río Kabul, una cinta de agua que serpentea pasando por reliquias derruidas de imperios ya desaparecidos, por los bulliciosos bazares y los tranquilos patios donde los poetas solían sentarse bajo los granados, susurrando versos al viento.
Pero para algunos, el río es más que solo agua. Es un testigo. Un guardián de secretos. Un portador de sueños.
Y entre todas las historias que alberga, ninguna es tan perdurable como la historia de Arash y Laila, los amantes cuya risa una vez danzó sobre las olas del río.
Se dice que en ciertas noches, cuando el viento es suave y la luna cuelga baja, el río Kabul aún resuena con su alegría. Que si escuchas de cerca, puedes oírlo: la risa del propio río.
Esta es su historia.
Era la primavera de 1973, una época en la que Kabul aún vibraba con música y poesía. Por las mañanas, el aroma del naan recién horneado y el chai especiado se entrelazaba en el aire. Las tardes zumbaban con las voces de los comerciantes en los bazares, vendiendo chales bordados, alfombras hechas a mano y bandejas de frutas secas brillantes. Arash llegaba tarde. De nuevo. Se abrió paso a través del concurrido mercado, esquivando un carrito de burros y casi derribando una cesta de albaricoques maduros en su prisa. El viejo vendedor le maldijo, sacudiendo un puño arrugado. Pero Arash solo tenía un pensamiento: Laila. Ella lo esperaba junto al río Kabul, como siempre lo hacía, con los pies descansando justo encima del agua, su trenza oscura brillando bajo la luz del sol. – “Llegas tarde”, dijo ella, sin levantar la mirada al acercarse. Arash sonrió, dejando caer sobre la cálida piedra a su lado. – “Siempre dices eso”. – “Y tú siempre llegas tarde”, replicó ella, pero había risa en su voz. El agua debajo de ellos estaba calmada, reflejando el cielo en ondulaciones cambiantes. Llevaban más de un año reuniéndose aquí, en este lugar tranquilo donde el mundo parecía pausar solo para ellos. Laila recogió una piedra lisa y la lanzó al río. – “¿Crees que el agua alguna vez recuerda?” – “¿Recuerda qué?” – “Todo lo que lleva”. Entonces lo miró, su mirada buscando algo. – “¿Crees que si le contamos algo, lo guardará para siempre?” Arash dudó. – “Tal vez”. Laila se acercó más. – “Entonces contémosle nuestro secreto”. Y así, con el sol alto en el cielo y la ciudad murmurando a lo lejos, susurraron sus sueños al río Kabul. Sueños de una vida juntos, de un hogar lleno de libros y risas, de niños que jugarían a lo largo de esta misma orilla. El agua llevó sus palabras, doblándolas en su corriente, sellándolas bajo sus olas. Y como respuesta, el río pareció reírse—a un sonido suave y burbujeante contra las rocas. Fue la primera vez que Arash lo pensó como el Río Riente. El mundo a su alrededor estaba cambiando. Rumores giraban en las casas de té y callejones concurridos—susurros de descontento, de una nueva era que se acercaba a Kabul con pasos pesados. Una tarde, mientras Arash y Laila estaban sentados junto al río, un viento repentino arrasó la ciudad. El polvo giraba en el aire y el agua se oscureció bajo el cielo cambiante. Laila tembló. – “Se siente diferente esta noche”. Arash tomó su mano. – “Estaremos bien”. Pero él no estaba tan seguro. Días después, todo cambió. El rey fue derrocado. Las calles se llenaron de incertidumbre, con hombres discutiendo en tonos bajos y mujeres apresurándose a casa antes del anochecer. Y luego llegó la noticia que destrozó el mundo de Arash. – “Mi padre dice que tenemos que irnos”, susurró Laila una tarde, su voz apenas audible sobre el murmullo constante del río. – “Ya no es seguro”. Las manos de Arash se cerraron en puños. – “¿Cuándo?” – “En dos días”. Dos días. Sintió como si la tierra se hubiera desplazado bajo él. – “¿Y si—y si huimos?” preguntó desesperadamente. Laila negó con la cabeza, sus ojos llenos de lágrimas. – “Sabes que no podemos”. Se quedaron allí por mucho tiempo, con las manos entrelazadas, el río lamiendo suavemente la orilla como si intentara consolarlos. Finalmente, Laila habló. – “Si alguna vez nos perdemos… prométeme que volverás aquí”. Arash tragó el nudo en su garganta. – “Lo prometo”. Y entonces, justo antes de que ella se alejara, se volvió, forzando una sonrisa entre sus lágrimas. – “¿Crees que el río me recordará?” Arash quiso decir que sí. Pero las palabras nunca salieron de sus labios. Esa noche, el río Kabul estuvo en silencio. Los años que siguieron estuvieron llenos de guerra y exilio. Arash se quedó en Kabul todo lo que pudo, aferrándose a la esperanza de que Laila pudiera regresar. Pero la esperanza es frágil, y la guerra no se preocupa por los amantes. Cuando la ciudad ardió, cuando las calles que una vez resonaron con risas se llenaron de disparos, se vio obligado a huir. Se convirtió en uno de los muchos que se fueron, llevando solo recuerdos consigo. Pasaron décadas. Arash construyó una nueva vida lejos de Kabul, pero el río nunca abandonó sus sueños. Se despertaba en medio de la noche, escuchando el fantasma de la risa de Laila en el viento, el murmullo del agua contra la piedra. Y entonces, un día, regresó. La ciudad era diferente ahora. Reconstruida en algunos lugares, aún marcada en otros. Pero el río—permaneció igual. De pie junto a su borde, Arash sintió algo agitarse profundamente dentro de él. Un susurro. Una promesa. Y entonces— Una voz detrás de él. Suave, familiar. – “Sabía que volverías”. Se volvió, con el corazón palpitando. Laila. Su cabello ahora tenía destellos plateados, y había líneas alrededor de sus ojos, pero seguía siendo Laila—la chica que una vez se sentó a su lado, lanzando piedras al agua, susurrando sueños al río. – “He vuelto por ti”, dijo él, con la voz áspera de emoción. Ella sonrió. – “Nunca me fui. No realmente”. El río brilló entre ellos, como si escuchara. – “Cumplí mi promesa”, susurró Arash. Laila extendió la mano, sus dedos rozando los de él. – “Yo también lo hice”. Y entonces, por primera vez en años, Arash rió. Una risa real, alegre, sin cargas. El sonido se llevó a través del agua, mezclándose con la propia risa de Laila, elevándose en el aire fresco de la mañana. Y en ese momento, el río se unió a ellos. Burbujeante, ondulante, riendo. Una leyenda nació ese día. Dicen que en ciertas noches, cuando el viento sopla de cierta manera, el río Kabul aún canta con los ecos de dos amantes que encontraron su camino a casa. Para siempre. Incluso ahora, los amantes vienen al río Kabul, susurrando sus propios sueños en sus profundidades, creyendo en la antigua historia. Porque el amor—como el agua—siempre encuentra su camino a casa.El Eco de la Risa
Una Tormenta en el Horizonte
El Río Recuerda
El Río Riente
Epílogo: La Promesa Continúa