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Acerca de la historia: La maldición del mofongo dorado es un Legend de puerto-rico ambientado en el Contemporary. Este relato Dramatic explora temas de Good vs. Evil y es adecuado para Young. Ofrece Cultural perspectivas. La búsqueda de un periodista por un plato mítico se convierte en un aterrador descenso a una antigua maldición puertorriqueña.
Puerto Rico es una tierra de rica historia, cultura vibrante y relatos que se han susurrado a lo largo de generaciones. Pero entre todos los mitos y leyendas de los que hablan los ancianos, ninguno es tan temido—o tan atractivo—como la historia de *El Mofongo Dorado*.
Un plato que, según la leyenda, concede una fortuna inimaginable. Sin embargo, aquellos que lo buscan nunca vuelven a saber de ellos.
Muchos afirman que es solo una historia, un cuento de advertencia para mantener alejados a los necios y codiciosos. Pero algunos creen que es real, que la isla misma protege una antigua maldición, una que castiga a quienes intentan desvelar sus secretos.
Gabriel Santos, un periodista con habilidad para desmentir mitos, no tenía paciencia para las historias de fantasmas. Pero cuando su editor lo envió a Puerto Rico para investigar la leyenda, nunca imaginó que se vería atrapado en una red de magia, traición y una antigua maldición que se negaba a ser olvidada.
El aire cálido y húmedo de San Juan envolvía a Gabriel Santos como un viejo recuerdo de la infancia. Habían pasado años desde que pisó la isla por última vez, pero nada parecía haber cambiado. El aroma del mar se mezclaba con el aroma de los plátanos fritos y el café fresco de una cafetería cercana. Los vendedores ambulantes anunciaban sus especiales diarios, y el sonido distante de un cuatro llenaba el ambiente. Se pasó una mano por el cabello oscuro, adaptándose al calor tropical, y revisó su teléfono. Había un nuevo mensaje de su editor: Gabriel puso los ojos en blanco. *¿Tener cuidado?* Era una leyenda gastronómica, no un informe de crímenes urbanos. Mientras conducía su auto de alquiler hacia el Viejo San Juan, las palabras de su abuela de su infancia resonaban en su mente: *"No busques lo que no quieres encontrar, mijo. Algunas historias están destinadas a permanecer enterradas."* Siempre había sido supersticiosa, pero él nunca prestó mucha atención a sus advertencias. Hoy, sin embargo, una extraña sensación se asentó en su estómago. El Viejo San Juan estaba tan hermoso como lo recordaba: calles empedradas, edificios de colores pastel y el ritmo constante de la salsa escapando de cada esquina. Aparcó cerca de *La Fortaleza* y caminó hacia su encuentro con Don Esteban Rivera, un historiador anciano que afirmaba conocer la verdad detrás de *El Mofongo Dorado*. La tienda de Esteban, *La Historia Escondida*, parecía un lugar donde la historia había venido a acumular polvo. Estanterías llenas de libros antiguos, mapas descoloridos y artefactos taínos llenaban la habitación. El anciano miró a Gabriel con ojos escépticos. “No eres el primero que viene preguntando sobre *El Mofongo Dorado*,” dijo, encendiendo un cigarro. “Y no serás el último.” Gabriel sacó su cuaderno. “Solo quiero separar los hechos de la ficción.” Don Esteban se rió, dando una lenta calada. “Algunas verdades es mejor dejarlas olvidadas, joven.” Aún así, el anciano habló. “Alejandro Guzmán fue una vez el mejor chef de Puerto Rico. Pero un día, un gobernador español exigió un festín que impresionara a la Corona. Alejandro quería hacer algo único. Así que añadió polvo de oro—oro de un tesoro taíno perdido—a su mofongo. Esa noche, el gobernador y sus invitados se hicieron más ricos de lo que jamás imaginaron.” Gabriel se inclinó. “¿Y luego?” El rostro de Esteban se ensombreció. “Y luego, en el transcurso de un año, cada hombre que comió ese plato desapareció sin dejar rastro.” Gabriel frunció el ceño. “¿Así que simplemente… se esfumaron?” “Se han ido,” confirmó Esteban. “Como si la isla misma los hubiera tragado.” Esa noche, Gabriel se sentó en una pequeña *fonda*—un humilde restaurante con un ambiente cálido y acogedor. Bebió su ron y garabateó notas, pero no podía quitarse las palabras de Esteban de la cabeza. Una anciana, la dueña del restaurante, se acercó a él. “¿Algo más, mi amor?” Él dudó, luego preguntó, “Señora, ¿ha oído hablar alguna vez de *El Mofongo Dorado*?” Su rostro se palideció. El plato que sostenía se le resbaló de las manos, rompiéndose en el suelo. “Niño, eso no es algo de lo que deberías hablar,” susurró, haciendo la señal de la cruz. “El último hombre que lo buscó… nunca regresó. Su barco llegó a la orilla en pedazos, pero él se había ido.” El pulso de Gabriel se aceleró. “Necesito averiguar más,” insistió. Ella negó con la cabeza violentamente. “No encuentras *El Mofongo Dorado*, niño. Él te encuentra a ti.” Afuera, una sombra persistía en la calle tenuemente iluminada, observando cada movimiento de Gabriel. La búsqueda de Gabriel lo llevó a una mansión abandonada en Ponce. Una vez perteneció a la familia Guzmán, y si había alguna pista sobre el plato maldito, este era el lugar para encontrarla. Dentro, el polvo cubría cada superficie. Enredaderas se enroscaban por las ventanas rotas, reclamando el espacio para la naturaleza. La mansión se sentía congelada en el tiempo. Luego, en la vieja cocina, lo encontró: un libro encuadernado en cuero con letras doradas: Su respiración se detuvo al pasar las frágiles páginas. Y allí estaba—la receta de *El Mofongo Dorado*. Plátanos. Ajo. Chicharrón. Y un ingrediente final escrito con tinta desvanecida: Un repentino *golpe* resonó detrás de él. Se giró, el corazón latiendo con fuerza. La habitación estaba vacía. Esa noche, Gabriel apenas durmió. En su habitación de hotel, el aire se sentía pesado. Las luces parpadeaban y el viento aullaba a través de las puertas del balcón. Luego, un susurro. *"No debiste buscarlo…"* Se dio vuelta bruscamente, pero la habitación estaba vacía. Decidido a obtener respuestas, Gabriel localizó a *El Brujo*, un misterioso chef clandestino que se rumoreaba había cocinado el plato maldito. “Si quieres entender la verdad,” dijo El Brujo, “debes probarlo.” Antes de que Gabriel pudiera objetar, el chef colocó un plato dorado y reluciente de mofongo ante él. El aroma era embriagador. Algo en él gritaba que se detuviera. Pero dio un bocado. En el momento en que los sabores tocaron su lengua, su visión se nubló. Vio destellos—Alejandro Guzmán cocinando, el gobernador riendo, hombres gritando mientras la oscuridad los engullía por completo. Su cuerpo se sentía más pesado con cada segundo que pasaba. “La maldición,” susurró El Brujo, “no está en la comida. Está en el conocimiento.” Gabriel luchó por respirar. Luego, todo se volvió oscuro. Cuando despertó, ya no estaba en San Juan. Se encontraba en un vasto espacio vacío—ni de día ni de noche. Figuras emergieron de la niebla. Los perdidos. Y ahora, él era uno de ellos. Semanas después, el editor de Gabriel recibió un paquete. Dentro estaba su cuaderno, garabateado con palabras frenéticas. Una frase destacaba: *"No busques el Mofongo Dorado. Él te encontrará."* Gabriel Santos nunca volvió a ser visto. Hasta el día de hoy, en las calles de Puerto Rico, algunos dicen que escuchan susurros en el viento. *"No debiste buscarlo…"*Regreso a Borikén
“Encuentra la verdad detrás de la leyenda de *El Mofongo Dorado*. Los locales toman esta historia en serio. Ten cuidado.”
La Primera Pista
Una Advertencia Ignorada
La Receta Prohibida
“Recetas Prohibidas de la Isla de Borikén.”
“El alma del cocinero”
Las Sombras Siguen
La Oferta
El Precio del Conocimiento
Atrapado
El Último Mensaje
Epílogo