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La hechicera del glaciar Aletsch
A stunning view of the Aletsch Glacier at sunrise with a young woman examining glowing symbols on the ice. FigCaption: Eira discovers mysterious glowing symbols on the Aletsch Glacier, setting the stage for an extraordinary tale.

Acerca de la historia: La hechicera del glaciar Aletsch es un Legend de switzerland ambientado en el Contemporary. Este relato Descriptive explora temas de Courage y es adecuado para Adults. Ofrece Inspirational perspectivas. Un relato de hielo, magia y la lucha por proteger el frágil corazón de la naturaleza.

El Glaciar de Aletsch, el más grande y majestuoso de los Alpes Suizos, tenía una manera de inspirar tanto asombro como respeto. Durante siglos, había sido más que una maravilla natural para los habitantes del cercano pueblo de Fiesch: era una fuente de vida y misterio, un testigo silencioso del paso del tiempo. Las leyendas hablaban de su poder, de una guardiana que lo vigilaba. Algunos susurraban su nombre con reverencia, otros con miedo: Valtessa, la Bruja del Glaciar de Aletsch.

Un Resplandor Extraño Bajo el Hielo

El glaciar se extendía ante Eira como un mar congelado, su superficie helada brillando bajo el débil sol invernal. Eira Gessler, una joven estudiante de glaciología, se encontraba en su borde, su aliento visible en el aire gélido. Ajustó su bufanda de lana, sus manos enguantadas sujetando un bastón de trekking. Era su tercera expedición al glaciar ese invierno, pero hoy algo se sentía diferente.

Las botas de Eira crujían sobre el suelo cubierto de escarcha mientras se acercaba a una fisura que había marcado en su mapa. Había venido a recoger muestras para su tesis sobre la estratigrafía de núcleos de hielo, pero no podía quitarse la sensación de que alguien la observaba. El glaciar parecía... estar vivo.

Entonces, al llegar a la fisura, lo notó: un tenue resplandor de otro mundo irradiando desde debajo del hielo. Arrodillada, miró dentro de la grieta, sus manos enguantadas quitando la nieve suelta. La luz pulsaba suavemente, como si el glaciar mismo tuviera un corazón latiendo.

“¿Qué demonios...?” susurró, su voz apenas audible sobre el viento cortante.

El resplandor no era la única rareza. Grabados en el hielo alrededor de la fisura había extraños símbolos que no reconocía. No parecían formaciones naturales; parecían deliberados, antiguos. Su mente se aceleró. ¿Podría ser algún tipo de escritura alpina olvidada? ¿Un artefacto dejado por una civilización antigua? Se inclinó más para capturar una fotografía, el lente de su cámara empañándose por su aliento.

Justo entonces, una ráfaga de viento barrió el valle, trayendo un sonido que la hizo congelarse.

“Eira...”

Su nombre, suave y etéreo, susurrado como si lo llevara el mismo viento. Se enderezó bruscamente, escaneando la extensión vacía a su alrededor. El glaciar se extendía sin fin, silencioso y estéril. No había nadie allí.

Historias de la Bruja

El corazón de Eira todavía latía con fuerza cuando regresó a Fiesch. El calor de la posada del pueblo la envolvió al empujar la puerta, copos de nieve pegados a su abrigo. El aroma familiar de leña y sidra especiada hizo poco para calmar sus nervios.

El profesor Klaus Weber, su mentor, la esperaba junto al fuego. Era un hombre robusto de unos sesenta años, con una espesa barba sal y pimienta y ojos que parecían ver todo.

“Llegaste tarde,” dijo Klaus, gesticulando para que se sentara. “¿Te retuvo el glaciar?”

Su intento de humor no alivió el estado de ánimo de Eira. Sacó su cámara y la colocó sobre la mesa entre ellos. “Mira esto,” dijo, desplazándose hasta las imágenes de la fisura iluminada y los extraños símbolos. Klaus las estudió en silencio, su rostro volviéndose más serio con cada segundo que pasaba.

Finalmente, levantó la mirada. “No deberías volver allí.”

Eira frunció el ceño. “¿De qué hablas? Esto podría ser un descubrimiento importante.”

“No entiendes,” dijo Klaus, inclinándose hacia adelante. Su voz bajó a un susurro, como si las mismas paredes pudieran estar escuchando. “El Glaciar de Aletsch no es solo hielo y roca. Tiene un alma. Y los aldeanos creen que está protegido por una bruja.”

Eira levantó una ceja. “¿Una bruja?”

“La llaman Valtessa,” continuó Klaus. “Se dice que es tan antigua como el propio glaciar. Algunos dicen que es una guardiana, otros una maldición. De cualquier manera, aquellos que perturban su lugar de descanso no viven para contarlo.”

Eira resopló. “No crees realmente eso, ¿verdad?”

Klaus no respondió. En su lugar, se sirvió un vaso de schnapps y miró fijamente el fuego. “Solo ten cuidado, Eira. Hay cosas que es mejor dejar intactas.”

Bajo el Glaciar

El escepticismo de Eira no duró mucho. El glaciar había capturado su imaginación y no pudo resistir su llamado. Dos días después, se encontró de nuevo sobre el hielo, esta vez con mejor equipo: un radar de penetración terrestre portátil, una cámara térmica y una linterna. Estaba decidida a descubrir la fuente del resplandor.

Una caverna glacial iluminada por una luz azul, que muestra artefactos antiguos atrapados en el hielo y una figura congelada en el centro.
Eira se topa con una caverna oculta, donde descubre antiguos artefactos y la enigmática figura de la Bruja del Glaciar Aletsch.

La fisura era fácil de encontrar; el extraño resplandor parecía llamarla. Esta vez, siguió los símbolos, que formaban un débil sendero que conducía más adentro del glaciar. Descendió con cuidado, las paredes de hielo brillando como diamantes a su alrededor. El aire se volvía más frío con cada paso, y los susurros regresaron, más fuertes ahora.

“Eira… acércate…”

Su mente racional le decía que era el viento, pero su corazón sabía mejor. Había algo—o alguien—abajo.

El sendero terminó en una caverna, su entrada escondida bajo una cortina de carámbanos. Dentro, la linterna de Eira reveló una vista impresionante: las paredes de la cámara estaban llenas de artefactos—herramientas, armas y joyas congeladas en el hielo. En el centro de la habitación se erguía una figura encerrada en hielo cristalino, sus manos cruzadas sobre el pecho. Su rostro era sereno pero autoritario, sus ojos cerrados como en un profundo sueño.

Era la bruja.

Eira sintió una abrumadora necesidad de tocar el hielo. Sus dedos rozaron la superficie congelada, y una descarga de energía recorrió su cuerpo. El hielo comenzó a agrietarse.

Valtessa Despierta

Las grietas se hicieron más fuertes, resonando por la cámara. Eira retrocedió cuando el hielo se rompió, liberando la figura en su interior. La bruja abrió sus ojos, que brillaban con una intensidad que hizo que las rodillas de Eira cedieran.

“Tú…,” dijo Valtessa, su voz como el tintinear de mil campanas. “Me has liberado.”

Eira tartamudeó, “Yo—no quise—”

Valtessa dio un paso adelante, sus movimientos fluidos a pesar de los siglos que había estado encerrada. Su mirada era penetrante, pero había un destello de calidez en su expresión.

“No temas,” dijo. “Soy Valtessa, la guardiana de este glaciar. Durante siglos, he dormido, atada por una magia antigua. Pero tú… me has despertado.”

La mente de Eira corría. “¿Por qué fuiste encarcelada?”

El rostro de Valtessa se oscureció. “El equilibrio del glaciar fue perturbado por la codicia y la necedad. La gente del pasado pagó el precio. Ahora, el glaciar está amenazado una vez más.”

Un Pacto Sellado

Valtessa explicó que el glaciar era más que hielo; era una entidad viviente, su sangre fluyendo bajo las montañas. Estaba muriendo, su latido debilitándose mientras el mundo se volvía más cálido.

“Debes ayudarme a restaurar su fuerza,” dijo Valtessa.

Eira dudó. “¿Por qué yo?”

“Porque estás elegida,” respondió Valtessa. “Llevas el espíritu del glaciar en tus venas. Puedes sentir su latido, ¿no es así?”

Eira tragó saliva. Podía. Lo había sentido desde que tocó el hielo.

“¿Me ayudarás?” preguntó Valtessa, extendiendo su mano.

Eira y la figura espectral de Valtessa se dan la mano en una caverna helada, formando un vínculo mágico bañado en una luz radiante.
Eira sella un pacto místico con Valtessa, atándose al destino del glaciar y a su magia eterna.

Eira la tomó. En el momento en que sus manos se encontraron, una oleada de poder corrió a través de ella. Sintió la energía del glaciar fluir hacia ella, fusionándose con la suya. Sus sentidos se agudizaron; pudo escuchar el crujido del hielo, sentir los sutiles movimientos en lo profundo del glaciar. Se había convertido en su guardiana.

Una Batalla por la Supervivencia

Los nuevos poderes de Eira fueron puestos a prueba más pronto de lo que esperaba. La noticia de su descubrimiento se había difundido, atrayendo la atención de una corporación minera ansiosa por explotar los recursos del glaciar. Sus máquinas llegaron en fuerza, cortando el hielo sin consideración por su santidad.

Eira y Valtessa invocan una tormenta de nieve furiosa para repeler las máquinas de minería en el glaciar Aletsch.
Eira y Valtessa desatan la furia del glaciar, luchando para protegerlo de la destrucción a manos de una incansable corporación minera.

Eira se encontraba al frente del glaciar, su aliento visible en el aire gélido. Valtessa estaba a su lado, una figura espectral comandando la tormenta. Juntas, invocaron la ira del glaciar. Ventiscas rugían y grietas se abrían, engullendo el equipo de los mineros. Pero la corporación era implacable, trayendo maquinaria más pesada para combatir a la misma naturaleza.

La batalla alcanzó su clímax cuando los mineros desplegaron una máquina de perforación masiva, capaz de cortar el corazón del glaciar. Eira y Valtessa unieron sus poderes, desatando una tormenta final y devastadora. Hielo y nieve envolvieron la máquina, y los mineros huyeron, derrotados.

El Guardián del Glaciar

Cuando la batalla terminó, Eira colapsó, su fuerza casi agotada. Despertó en la cámara de hielo, Valtessa vigilando sobre ella.

“Has hecho bien,” dijo la bruja. “Pero tu viaje no ha terminado. El glaciar te necesitará mientras perdure.”

Eira asintió, con lágrimas en los ojos. Había encontrado su propósito, pero había tenido un costo. Nunca podría volver a su vida anterior. Ahora era la guardiana del glaciar, su protectora y su voz.

En los años que siguieron, Eira se convirtió en una leyenda por derecho propio. Los aldeanos hablaban de ella en tonos husmurros, llamándola la Bruja del Glaciar de Aletsch. Y aunque el futuro del glaciar seguía siendo incierto, una cosa estaba clara: su corazón continuaría latiendo, mientras su guardiana lo vigilará.

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