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Fantasy Farrance
Elara stands at the edge of the mystical Elderglen Forest, gazing towards the distant kingdom of Farrance at dawn, ready to embark on her epic journey.

Acerca de la historia: Fantasy Farrance es un Fantasy de france ambientado en el Medieval. Este relato Dramatic explora temas de Courage y es adecuado para Young. Ofrece Entertaining perspectivas. El viaje de una joven heroína para salvar su reino de las garras de la oscuridad.

El Despertar

El viento susurraba entre los antiguos robles del Bosque Elderglen, llevando consigo el aroma de musgo y pino. Las hojas crujían como si compartieran secretos entre sí, y el suelo del bosque, cubierto de suaves helechos, parecía acunar la tierra en un abrazo tierno. Fue aquí, en este entorno sereno pero misterioso, donde una joven llamada Elara despertó.

Los ojos de Elara se abrieron lentamente, revelando iris del color del océano más profundo. Se incorporó despacio, con su largo cabello castaño rojizo cayendo sobre sus hombros como una cascada de fuego. Su cabeza dolía con los restos de un sueño—no, un recuerdo—de un lugar muy lejano y al mismo tiempo tan cercano. Miró a su alrededor, desorientada. Lo último que recordaba era haberse dormido en su pequeña cabaña junto al mar, pero ahora estaba aquí, en el corazón de Elderglen, sin recordar cómo había llegado.

Mientras se ponía de pie, una suave luz captó su atención. A pocos pasos de distancia, anidada entre las raíces de un antiguo roble, había un pequeño orbe cristalino. Pulsaba con una luz rítmica y suave, atrayendo a Elara más cerca como si contuviera las respuestas a todas sus preguntas.

Elara se arrodilla en un bosque mágico, extendiendo la mano hacia un orbe cristalino y resplandeciente que reposa entre las raíces de un antiguo roble.
Elara descubre un orbe cristalino que brilla, escondido entre las raíces de un antiguo roble en el corazón del Bosque de Elderglen.

La Profecía

Elara extendió la mano y acogió suavemente el orbe entre sus manos. Al contacto de sus dedos con la superficie fría, una oleada de energía recorrió su cuerpo, llenándola de calidez y claridad. El orbe comenzó a brillar más intensamente, y las imágenes empezaron a danzar en sus profundidades. Elara observó asombrada cómo la visión se desplegaba ante ella.

Vio un vasto reino, sus torres alcanzando los cielos, bañado por una luz dorada. Un gran castillo se erguía en su corazón, rodeado de exuberantes jardines y bulliciosos mercados. La escena cambió, y Elara se vio a sí misma de pie en la sala del trono de este castillo, llevando una corona de plata y esmeraldas. No estaba sola; a su lado se encontraba un hombre de cabello negro como el cuervo y ojos tan oscuros como la noche, un hombre que emanaba poder y confianza. Juntos gobernaban Farrance, su reino prosperando bajo su liderazgo sabio y justo.

Pero la visión se oscureció. El reino antes próspero ahora estaba envuelto en sombras. Las murallas del castillo se derrumbaban y los jardines se marchitaban. El hombre a su lado había desaparecido, reemplazado por una figura sombría con ojos ardientes y una sonrisa cruel. Elara sintió un frío temor infiltrarse en sus huesos mientras la visión se desvanecía, dejándola sola en el bosque una vez más.

Una voz, suave pero autoritaria, resonó en su mente. “El destino de Farrance está en tus manos, Elara. Busca los cuatro relicarios de poder y únelos antes de que la sombra caiga sobre todos nosotros.”

El Viaje Comienza

La voz perduró en sus pensamientos mientras Elara comenzaba su viaje. No tenía otra opción más que seguir el camino que se le presentaba. El destino de todo un reino dependía de ello. El primer relicario, sabía, estaba oculto en lo profundo de las Montañas del Lamento, un lugar envuelto en niebla y misterio, donde pocos se atrevían a aventurarse.

Mientras Elara se alejaba de Elderglen, no podía quitarse la sensación de que la observaban. El bosque, antes un lugar de confort y tranquilidad, ahora se sentía opresivo y amenazante. Las sombras parecían moverse justo más allá de su línea de visión, y el viento llevaba susurros que le ponían escalofríos.

Avanzó, decidida a cumplir su destino. El camino por delante era largo y lleno de peligros, pero Elara sabía que no podía dar marcha atrás. El peso de la profecía pesaba fuertemente sobre sus hombros, y el recuerdo de la figura sombría la perseguía en cada paso.

Al caer la noche, Elara se encontraba al borde del bosque, con los imponentes picos de las Montañas del Lamento asomando en la distancia. Acampó, con la luz oscilante del fuego proyectando sombras inquietantes sobre los árboles circundantes. Sabía que mañana, su verdadero viaje comenzaría.

Elara se encuentra en un saliente de la montaña, mirando a un imponente Guardián con piel de piedra que emerge de la niebla en las Montañas del Luto.
Elara enfrenta valientemente al imponente Guardián mientras este surge de las montañas cubiertas de niebla del Duelo, bloqueando...

Los Guardianes de la Montaña

A la mañana siguiente, Elara comenzó su ascenso a las montañas. El sendero era empinado y traicionero, con rocas dentadas y grava suelta que amenazaban con hacerla caer en cada paso. El aire se volvía más frío a medida que ascendía, y pronto se encontró rodeada de una densa niebla.

Pasaron horas, y los músculos de Elara dolían por el esfuerzo de la escalada. Pero no podía detenerse. El primer relicario estaba en algún lugar de estas montañas, y tenía que encontrarlo antes de que la oscuridad que infestaba su visión se convirtiera en realidad.

Al llegar a una estrecha repisa, Elara escuchó una voz profunda y resonante que resonaba a través de la niebla. “¿Quién osa invadir el reino de los Guardianes de la Montaña?”

Sobresaltada, Elara miró a su alrededor, intentando localizar la fuente de la voz. De la niebla emergió una figura masiva, al menos el doble de su altura, con piel tan gris como la piedra bajo sus pies y ojos que brillaban como brasas. La criatura, claramente un Guardián, bloqueaba su camino.

“Soy Elara, elegida por el destino para buscar los relicarios de poder y salvar a Farrance de la oscuridad venidera,” respondió, con voz firme a pesar del miedo que la carcomía.

El Guardián la observó por un momento antes de apartarse. “Solo los dignos pueden pasar,” tronó. “Demuestra tu fuerza y tu determinación, y el relicario será tuyo.”

Con ello, la niebla se disipó, revelando una escalera de piedra que conducía más adentro de la montaña. Elara tomó una respiración profunda y comenzó su ascenso, sabiendo que la verdadera prueba apenas comenzaba.

Elara extiende la mano hacia un amuleto cristalino resplandeciente en un templo tenuemente iluminado adornado con antiguas esculturas en la cima de la montaña.
Dentro de un antiguo templo, Elara extiende la mano hacia la primera reliquia, un amuleto cristalino radiante, rodeado de grabados ancestrales.

El Primer Relicario

La escalera parecía extenderse para siempre, cada escalón más agotador que el anterior. El aire se volvía más fino, y las respiraciones de Elara eran cortas y entrecortadas. Pero ella siguió adelante, con una determinación inquebrantable. Había llegado demasiado lejos para ahora retroceder.

Finalmente, llegó a la cima. Ante ella se encontraba un antiguo templo, cuyas paredes estaban adornadas con relieves de criaturas míticas y símbolos antiguos. La entrada estaba custodiada por dos Guardianes más, sus ojos fijos en Elara mientras se acercaba.

Sin una palabra, se apartaron, permitiéndole entrar al templo. Dentro, el aire estaba cargado de magia. Las paredes parecían vibrar con energía, y el suelo bajo sus pies pulsaba con vida. En el centro de la cámara se erigía un pedestal, sobre el cual descansaba el primer relicario: un amuleto cristalino que brillaba con una luz etérea.

Elara se acercó al pedestal, con el corazón latiendo con fuerza en su pecho. Al extender la mano para tomar el amuleto, sintió una oleada de poder recorrer sus venas. La habitación a su alrededor pareció desvanecerse, y se encontró de pie en un vasto y vacío abismo.

Una voz, diferente a la que la había guiado antes, habló en su mente. “El primer relicario es tuyo, Elara, pero tu viaje está lejos de terminar. Debes buscar los tres restantes, porque solo cuando estén unidos tendrás el poder para salvar a Farrance.”

El vacío se disipó, y Elara se encontró de nuevo en el templo, el amuleto apretado en su mano. Sabía lo que tenía que hacer. El siguiente relicario la esperaba en los Pantanos Encantados, un lugar de belleza y peligro, donde las líneas entre la realidad y la ilusión se desdibujaban.

Con una determinación renovada, Elara abandonó el templo y comenzó su descenso por la montaña, el primer relicario seguramente en su posesión.

Los Pantanos Encantados

El viaje hacia los Pantanos Encantados fue largo y arduo. Elara viajó durante días, atravesando densos bosques, ríos caudalosos y colinas ondulantes. A medida que se acercaba a su destino, el paisaje comenzó a cambiar. El suelo se volvió suave y esponjoso bajo sus pies, y el aire se llenó de humedad. Los árboles aquí estaban retorcidos y nudosos, con ramas que se extendían como manos esqueléticas.

Elara sabía que había llegado a los Pantanos Encantados. Los pantanos eran un lugar de gran belleza, con flores vibrantes floreciendo entre las aguas turbias y luciérnagas danzando en el crepúsculo. Pero también eran un lugar de peligro, donde las ilusiones podían desviar incluso al viajero más experimentado.

Vadearía las aguas poco profundas, con los sentidos en alto alerta. Los pantanos estaban llenos de criaturas tanto maravillosas como aterradoras, y Elara sabía que debía tener cuidado. Cada ondulación en el agua, cada susurro de hojas podría ser una señal de algo acechando justo debajo de la superficie.

A medida que se adentraba más en los pantanos, comenzó a oír susurros. Al principio eran suaves, como el crujir de las hojas en el viento, pero se hicieron más fuertes cuanto más avanzaba. Los susurros parecían venir de todos lados, pero no podía ver a nadie.

“Regresa, Elara,” advirtieron las voces. “Aquí solo encontrarás la muerte.”

Pero Elara siguió adelante, decidida a encontrar el segundo relicario. Las voces se volvieron más insistentes, su tono más siniestro, pero las ignoró. Sabía que los pantanos intentaban engañar su mente, hacerla dudar de sí misma.

Elara navega con cautela a través de las misteriosas Marismas Encantadas, donde los árboles retorcidos y las flores luminosas brillan entre la neblina.
Elara navega por los espeluznantes y sobrenaturales Pantanos Encantados, su travesía la lleva a través de un paisaje de árboles retorcidos y flores luminosas.

El Desafío del Ilusionista

Mientras Elara continuaba su viaje, los susurros comenzaron a tomar forma, formando la figura de un hombre. Era alto y delgado, con un brillo travieso en sus ojos y una sonrisa que insinuaba secretos sin contar. Era el Ilusionista, el guardián del segundo relicario, y estaba allí para poner a prueba su determinación.

“Bienvenida, Elara,” dijo el Ilusionista, con una voz suave y aterciopelada. “Has llegado lejos, pero el segundo relicario no será tan fácilmente obtenido.”

Elara ajustó sus hombros, enfrentando su mirada. “Estoy lista para cualquier desafío que tengas para mí.”

La sonrisa del Ilusionista se ensanchó. “Muy bien. Para reclamar el segundo relicario, debes navegar por el Laberinto de Espejos. Pero ten cuidado, pues no todo es lo que parece. Los espejos te mostrarán tus mayores miedos, tus deseos más profundos y todo lo que hay en medio. Solo enfrentándolos podrás encontrar el relicario.”

Con un movimiento de su mano, el Ilusionista invocó la entrada al laberinto. Las paredes estaban hechas de vidrio pulido, reflejando la imagen de Elara desde todos los ángulos. Tomó una respiración profunda y entró, lista para enfrentar lo que sea que se presentara.

El laberinto era un laberinto de reflejos, cada giro y vuelta llevando a otro callejón sin salida. Mientras deambulaba por el laberinto, Elara vio destellos de su pasado, su futuro y sus miedos más profundos. Se vio a sí misma de pie en el campo de batalla, ensangrentada y magullada, rodeada por los cuerpos de sus camaradas caídos. Se vio a sí misma sentada en el trono de Farrance, una corona sobre su cabeza pero con una expresión de dolor en sus ojos.

Pero también vio visiones de esperanza. Se vio reunida con el hombre de su visión, con sus manos entrelazadas mientras enfrentaban la oscuridad. Vio a Farrance restaurada a su antigua gloria, una tierra de paz y prosperidad.

Estas visiones le dieron la fuerza para seguir adelante, para superar las ilusiones y encontrar el verdadero camino a través del laberinto. Al fin, llegó al centro, donde el segundo relicario la esperaba. Era un espejo, enmarcado en oro, con una inscripción que decía: “Solo aquellos que ven más allá de la superficie pueden reclamar el poder interior.”

Elara extendió la mano y tocó el espejo, y una vez más, fue transportada al vacío.

“Has hecho bien, Elara,” dijo la voz. “Quedan dos relicarios. El siguiente yace en el Desierto de los Susurros, donde las arenas esconden secretos olvidados hace mucho. Ve ahora, y que tu fortaleza te lleve a través de las pruebas que vienen.”

El Desierto de los Susurros

El Desierto de los Susurros era diferente a cualquier lugar que Elara hubiera visto antes. Las arenas eran de un profundo carmesí, y el viento llevaba consigo el sonido de voces distantes, como si el desierto mismo estuviera vivo con los recuerdos de quienes vinieron antes. El sol brillaba implacablemente, y el calor era casi insoportable, pero Elara avanzó, impulsada por el conocimiento de que estaba un paso más cerca de salvar a Farrance.

El viaje a través del desierto fue agotador. Las arenas se movían bajo sus pies, haciendo que cada paso fuera una lucha, y los susurros en el viento se volvían más fuertes, más insistentes. Hablaban de batallas olvidadas, de amores perdidos, de promesas rotas y sueños no cumplidos. Intentaban distraerla, alejarla de su camino, pero Elara sabía que debía ignorarlos.

Mientras avanzaba por las dunas, vio una figura a lo lejos. Al principio pensó que era un espejismo, pero al acercarse, se dio cuenta de que era real. Era una mujer, vestida con túnicas fluidas que parecían brillar bajo la luz del sol, su rostro oculto tras un velo.

“Bienvenida, Elara,” dijo la mujer, con una voz suave pero autoritaria. “Soy la Guardiana de los Secretos, y guardo el tercer relicario. Para reclamarlo, debes responder a un acertijo. Fallas, y el desierto te consumirá.”

Elara asintió, lista para enfrentar el desafío. “¿Cuál es el acertijo?”

La Guardiana sonrió debajo de su velo. “No estoy viva, pero crezco. No tengo pulmones, pero necesito aire. No tengo boca, pero puedo ahogarme. ¿Qué soy?”

Elara pensó por un momento, su mente corriendo. La respuesta le llegó como un rayo. “Fuego,” dijo con confianza.

La sonrisa de la Guardiana se ensanchó. “Correcto. Has demostrado ser digna. El tercer relicario es tuyo.”

Ella hizo un gesto hacia la arena a sus pies, y comenzó a moverse y arremolinarse, revelando una pequeña llama dorada encerrada en vidrio. Elara la recogió, sintiendo el calor de la llama irradiando a través del vidrio. Sabía que este era el tercer relicario, y con él, estaba un paso más cerca de cumplir su destino.

La Prueba Final

Con el tercer relicario en mano, Elara se dirigió al destino final: las Cavernas de Cristal, donde se decía que el último relicario estaba escondido. El viaje fue largo, y los desafíos que había enfrentado pesaban sobre ella, pero siguió adelante, sabiendo que el final estaba a la vista.

La entrada a las Cavernas de Cristal estaba oculta en lo profundo de una montaña, y al adentrarse, quedó maravillada por la belleza del lugar. Las paredes de la caverna estaban forradas de cristales de todos los colores, sus superficies captando la luz y lanzando arcoíris a través de la cámara. El aire era fresco y estaba lleno del leve zumbido de la magia.

En el corazón de la caverna, Elara encontró el relicario final. Era un cristal, claro como el agua, suspendido en el aire por una fuerza invisible. Pero al extender la mano para tomarlo, una figura emergió de las sombras.

Era la figura sombría de su visión, la que había atormentado sus sueños. Sus ojos brillaban con una luz antinatural, y su sonrisa era tan cruel como la recordaba.

“Has hecho bien, Elara,” dijo, con la voz cargada de malicia. “Pero aquí es donde termina tu viaje. Los relicarios son míos, y con ellos, traeré oscuridad a Farrance.”

El corazón de Elara latía con fuerza en su pecho, pero se negó a retroceder. “No te lo permitiré,” dijo, con la voz llena de determinación. “Farrance no caerá ante tu oscuridad.”

La figura rió, un sonido frío y hueco. “Ya lo veremos.”

La batalla final fue feroz. La figura desató magia oscura, llenando la caverna de sombras y desesperación. Pero Elara contraatacó con el poder de los relicarios, su luz alejando la oscuridad. La batalla continuó, el aire mismo crujía con energía, hasta que finalmente, Elara asestó el golpe final.

La figura sombría emitió un grito de dolor y furia mientras era consumida por la luz de los relicarios. La caverna tembló, los cristales se rompieron mientras la oscuridad era desterrada para siempre.

Cuando el polvo se asentó, Elara permaneció sola, el relicario final en su mano. Lo había logrado. Había salvado a Farrance.

El Retorno

Con los relicarios unidos, Elara regresó a Farrance, donde fue aclamada como una heroína. El reino fue restaurado a su antigua gloria, las sombras que lo habían plagado desterradas para siempre. El hombre de su visión, a quien ahora conocía como Kael, estaba a su lado mientras gobernaban juntos, trayendo paz y prosperidad a la tierra.

Elara había cumplido su destino, pero sabía que su viaje estaba lejos de terminar. Siempre habría nuevos desafíos, nuevas amenazas por enfrentar, pero ella estaba lista. Con los relicarios a su lado y el apoyo de su pueblo, no había nada que no pudiera superar.

Farrance estaba a salvo, y el futuro era brillante.

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