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Acerca de la historia: El lobo y los siete cabritillos es un Fairy Tale de germany ambientado en el Medieval. Este relato Simple explora temas de Good vs. Evil y es adecuado para Children. Ofrece Moral perspectivas. Un relato de astucia, vigilancia y valentía materna.
En un pintoresco pueblo al borde de un bosque encantado, vivía una cabra madre con sus siete cabritos. Los cabritos estaban llenos de energía y curiosidad, siempre ansiosos por explorar su entorno. Sin embargo, la cabra madre era sabia y conocía los peligros que acechaban en el bosque, especialmente el astuto y malévolo lobo que merodeaba cerca.
Una soleada mañana, mientras los pájaros cantaban y las flores florecían, la Cabra Madre reunió a sus cabritos a su alrededor. "Queridos hijos," comenzó, su voz llena de preocupación, "tengo que ir al mercado a buscar comida para nosotros. Mientras estoy fuera, deben tener mucho cuidado y quedarse dentro de la casa. Recuerden, el lobo siempre está buscando una oportunidad para atraparlos. Estén vigilantes y no abran la puerta para nadie a menos que estén absolutamente seguros de que soy yo."
"Pero, madre," intervino el cabrito mayor, "¿cómo sabremos que realmente eres tú?"
La Cabra Madre sonrió tranquilizadora. "Yo golpearé la puerta y diré: 'Soy yo, su madre, de regreso con comida para todos.' Pero recuerden, el lobo podría intentar engañarlos, así que escuchen atentamente mi voz y miren mis patas, porque son blancas como la nieve. Las patas del lobo son oscuras y sucias."
Con eso, la Cabra Madre abrazó a cada uno de sus cabritos y se dirigió al mercado, dejando atrás a los jóvenes cabritos. La observaron hasta que desapareció por el camino, su cascabel tintineando suavemente a lo lejos.
El tiempo pasaba lentamente, y los cabritos se ocupaban con juegos e historias. Jugaban a las escondidas y a la mancha, sus risas llenando el aire. Mientras jugaban, el cabrito mayor mantenía un ojo vigilante en la puerta, recordando la advertencia de su madre.
De repente, hubo un golpe en la puerta, y una voz áspera llamó: "Abrid la puerta, queridos hijos, soy yo, su madre, de regreso con comida para todos."
Los cabritos quedaron congelados. El mayor, recordando la advertencia de su madre, se acercó a la puerta con cautela. "Muéstranos tus patas," exigió.
El lobo, que había cubierto sus patas con harina para parecer las blancas patas de la Cabra Madre, las levantó hacia la ventana. Al ver las patas blancas, el cabrito mayor se convenció y abrió la puerta.

Para su horror, el lobo irrumpió, sus ojos brillando con maldad. Los cabritos se dispersaron en todas direcciones, tratando de encontrar lugares para esconderse. Uno se metió debajo de la cama, otro se escondió en el armario, y el más pequeño se arrastró hacia el reloj de pie. Sin embargo, el lobo no tenía piedad. Los olfateó uno por uno, engullendo a cada uno por completo hasta que solo quedó el más pequeño, escondido en el reloj.
Satisfecho con su comida, el lobo salió de la casa, su barriga grotescamente hinchada, y se dirigió a un prado cercano para descansar bajo un árbol. Se acostó y pronto cayó en un sueño profundo, roncando fuertemente.

Cuando la Cabra Madre regresó del mercado, horrorizada al encontrar la puerta abierta de par en par y la casa en desorden, su corazón latía con fuerza en el pecho mientras llamaba a sus hijos. "Mis queridos hijos, ¿dónde están?"
No hubo respuesta. Con el corazón hundiéndose, buscó por toda la casa. Encontró los muebles volcados, los armarios vacíos y las sábanas revueltas. Finalmente, escuchó una débil y temblorosa voz proveniente del reloj de pie. Abrió el reloj y salió rodando el cabrito más pequeño, con lágrimas corriendo por su rostro.
"¡Oh, madre!" lloró, "el lobo vino y se comió a todos mis hermanos y hermanas."
El corazón de la Cabra Madre se rompió al ver a su único hijo que quedaba. Lloró por sus hijos perdidos, pero pronto recobró el juicio. Sabía que tenía que encontrar al lobo y salvar a sus cabritos si quedaba alguna esperanza. Guiada por el cabrito más pequeño, que había visto hacia dónde fue el lobo, se pusieron en camino hacia el prado.
Allí, bajo un árbol, yacía el lobo, roncando fuertemente, con su barriga grotescamente hinchada. La Cabra Madre se acercó con cautela y vio movimientos dentro de la barriga del lobo. ¡Sus cabritos aún estaban vivos! Rápidamente fue a buscar unas tijeras, una aguja y un hilo de una cabaña cercana.
Con gran cuidado, abrió la barriga del lobo, y uno por uno, sus hijos salieron rodando, sacudidos pero ilesos. Abrazaron a su madre con fuerza, agradecidos y aliviados de estar vivos. Luego, la Cabra Madre llenó la barriga del lobo con piedras pesadas y lo cosió de nuevo.

El lobo despertó con un gemido, sintiendo una sed insoportable por el peso en su estómago. Tropezó hacia un pozo cercano para beber. Pero al inclinarse sobre el borde, el peso de las piedras lo arrastró y se ahogó en el agua profunda y fría.
La Cabra Madre y sus siete cabritos regresaron a casa, agradecidos de estar seguros y juntos de nuevo. Los cabritos aprendieron una valiosa lección ese día sobre la importancia de la vigilancia y de atender las advertencias de su madre. Desde entonces, siempre fueron cuidadosos y se mantuvieron cerca de su madre, sin olvidar nunca el peligro del astuto lobo.
El pueblo celebró el regreso de los cabritos jóvenes, y la historia de su estrecha escapada se difundió ampliamente, recordando a todos la importancia de la familia, la sabiduría y la precaución frente al peligro.
Y así, la Cabra Madre y sus siete cabritos vivieron felices para siempre, siempre vigilantes pero agradecidos por cada día que tenían juntos, unidos para siempre por su angustiosa aventura y el amor que los había mantenido a salvo.

El cuento del lobo y los siete cabritos continuó siendo contado a cada nueva generación en el pueblo. Los cabritos, ahora más conscientes de los peligros exteriores, crecieron para ser adultos sabios y cautelosos, enseñando a sus propios hijos las mismas lecciones de vigilancia y confianza.
Por las noches, cuando el sol se ponía y las sombras se alargaban, las cabras se reunían alrededor del fuego y contaban historias de su valentía y de la astucia de su madre. Hablaban del malvado lobo y de cómo lo engañaron, llenando a los más jóvenes de asombro y un sentido de aventura.
El bosque, antes lugar de miedo, se convirtió en un símbolo de su triunfo. Las cabras solo se aventuraban en él cuando era necesario, siempre en grupos y siempre en guardia, respetando la sabiduría de las enseñanzas de su madre.
El cabrito mayor, quien fue el primero en abrir la puerta al lobo, tomó la lección a pecho. Se convirtió en un líder fuerte y protector, asegurando la seguridad de su familia y comunidad. Nunca olvidó el error que cometió, pero lo usó como un principio guía para estar siempre más vigilante y perspicaz.
El cabrito más pequeño, que se escondió en el reloj, fue conocido por su ingenio y valentía. Compartió su historia con orgullo, sabiendo que su pequeño tamaño no había impedido su capacidad para contribuir a la seguridad de la familia.
La Cabra Madre, reverenciada y respetada, se convirtió en un símbolo de sabiduría y fuerza maternal en el pueblo. Sus acciones habían salvado a sus hijos, y su historia inspiró a otros a ser valientes y con recursos frente al peligro.
Pasaron los años y el pueblo prosperó, creciendo más grande y próspero. La historia del lobo y los siete cabritos jóvenes se convirtió en una piedra angular de su cultura, un cuento que se contaba a cada niño, inculcándoles los valores de la precaución, la sabiduría y la importancia de la familia.

El bosque encantado, con sus oscuros secretos y peligros acechantes, permaneció como un recordatorio constante del mundo más allá de la seguridad de sus hogares. Las cabras aprendieron a navegarlo con respeto y precaución, sin olvidar las lecciones de su pasado.
Y así, el legado del lobo y los siete cabritos jóvenes perduró, una historia atemporal de supervivencia, astucia y los lazos inquebrantables de la familia. El pueblo continuó contando el cuento, cada reiteración reforzando los valores que los habían mantenido seguros y fuertes a lo largo de los años.