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Acerca de la historia: El Espíritu Guardián del Paraná es un Legend de paraguay ambientado en el Contemporary. Este relato Descriptive explora temas de Nature y es adecuado para All Ages. Ofrece Moral perspectivas. La rebeldía de un pescador ante la leyenda del Paraná lo lleva a un encuentro inolvidable con su Espíritu Guardián.
El Susurro del Río
El río Paraná, una vasta e indómita arteria de vida, serpentea por Paraguay como un antiguo narrador, susurrando relatos de tiempos pasados. Sus aguas han sido testigos de siglos de cambios, presenciando en silencio el auge y caída de imperios, las luchas de los pescadores y los secretos enterrados bajo sus profundidades. Pero entre todas las historias que lleva, una leyenda permanece atemporal: el cuento de Anahí, el Espíritu Guardián del Paraná.
Nadie sabe realmente de dónde vino. Algunos dicen que fue una vez una mujer guaraní, una protectora del río que desafió a los invasores y que los dioses le otorgaron vida eterna. Otros afirman que nunca fue humana, sino un espíritu nacido del agua misma, una fuerza ancestral que asegura el equilibrio entre el hombre y la naturaleza.
Se dice que aparece cuando el río está en peligro— a veces como una sombra bajo las olas, otras veces como una figura fantasmal deslizándose por la corriente, con su cabello flotando como algas de río. Y cuando habla, su voz no se escucha sino que se siente, llevada por las ondas del agua.
Muchos creen en ella. Otros se burlan al mero mencionar su nombre.
Diego Ferreira era uno de los escépticos.
Pescador de oficio, había pasado su vida navegando por las impredecibles aguas del Paraná. Había escuchado las viejas historias, las advertencias transmitidas de generación en generación. Pero para él, no eran más que supersticiones—relatos diseñados para evitar que los niños se acercaran demasiado al borde del río.
Pero las leyendas tienen una manera de hacerse conocer, creas en ellas o no.
Y Diego estaba a punto de aprender que algunos espíritus son más que simples historias.

La Duda de un Pescador
Diego siempre se había enorgullecido de ser un hombre de razón. Entendía el río, no a través de mitos, sino por experiencia—mediante años observando sus corrientes, estudiando la migración de los peces y prediciendo el clima antes de una tormenta.
Esa mañana, mientras la primera luz del amanecer se extendía por el cielo, salió solo en su bote de madera. El aire estaba denso con niebla, el aroma de tierra mojada y hojas en descomposición llenando sus fosas nasales. El río estaba inusualmente silencioso—sin el canto de los pájaros, sin zumbido de insectos. Incluso el viento parecía reacio a moverse.
A Diego no le dio importancia. Había pescado en estas aguas durante décadas; conocía bien los humores del Paraná para saber cuándo sería generoso y cuándo se mostraría terco.
Remando hacia una sección más profunda del río, lanzó su red, tarareando una vieja melodía en silencio. Pero cuando la recogió, estaba vacía.
Perplejo, lo intentó de nuevo. Y otra vez.
Nada.
Su frustración creció. El Paraná siempre había sido impredecible, pero nunca así. Era como si algo debajo de la superficie estuviera manteniendo a los peces alejados—empujándolos más profundo, fuera de alcance.
Entonces, el agua se agitó.
Una ondulación se movió contra la corriente, antinatural y deliberada. Diego frunció el ceño, inclinándose sobre el borde de su bote. El río estaba profundo, pero incluso en la tenue luz de la mañana, podía ver algo moviéndose bajo la superficie.
Entonces—ojos.
Ojos dorados y luminosos mirándolo desde las profundidades.
Retrocedió bruscamente, el aliento le faltó en la garganta. Por un breve momento, apareció la figura de una mujer—su cabello flotando a su alrededor como seda, su mirada fija en él.
Luego, ella desapareció.
Diego se quedó sentado, congelado, sujetando los bordes de su bote. Su corazón latía con fuerza en su pecho. Se dijo a sí mismo que era un juego de la luz, el reflejo del sol naciente en el agua.
Pero, en el fondo, algo dentro de él se agitó—un sentimiento que no conocía en años.
Duda.

La Advertencia del Río
La inquietud persistió mucho tiempo después de que la visión había desaparecido. Diego continuó pescando, pero el río se negaba a ceder su abundancia. Pasaron horas, y aun así sus redes seguían vacías, como si el mismo Paraná lo estuviera rechazando.
Irritado, murmuró para sí mismo, "Historias malditas. Haciéndome ver cosas."
Remó más adentro del río, decidido a demostrarse a sí mismo que nada sobrenatural estaba en juego. Llegó a un lugar donde el agua era más profunda, donde sabía que los peces deberían ser abundantes.
Ignorando la creciente tensión en su pecho, lanzó su red una vez más.
Esta vez, sintió algo.
La red tiró, pesada. El alivio lo inundó—finalmente, había capturado algo. Pero al recogerla, vio que no eran peces los enredados en su red.
Eran huesos.
Huesos humanos.
Diego tropezó hacia atrás, su aliento se volvió hielo. Los restos esqueléticos estaban envueltos en algas de río, como si el agua misma los hubiera reclamado hace mucho tiempo. Había oído hablar de antiguos ahogamientos, de historias olvidadas enterradas bajo las olas del Paraná. Pero ¿por qué aquí? ¿Por qué ahora?
Una ráfaga de viento atravesó el río, aullando entre los árboles. El cielo, antes despejado, se oscureció con velocidad antinatural. El agua, antes quieta, comenzó a agitarse.
Y entonces, una voz.
No hablada en voz alta, sino sentida profundo en su pecho, como si el propio río le estuviera susurrando.
"Vete."
Un escalofrío recorrió la espalda de Diego.
El río le había dado una advertencia.
Y lo había ignorado.

La Tempestad
La tormenta golpeó sin previo aviso.
El cielo se abrió, liberando un aguacero tan feroz que Diego apenas podía ver más allá del borde de su bote. El río, antes tranquilo, se volvió violento—olas que se elevaban de forma antinatural, lanzándolo como una simple ramita.
Diego remó con todas sus fuerzas, pero la corriente era demasiado fuerte. El Paraná se había vuelto en su contra, como si tuviera voluntad propia.
Entonces, la vio de nuevo.
Anahí.
Ella se alzaba sobre las olas, su figura luminosa contra la oscuridad, sus ojos ardían con algo más que ira—algo cercano a la tristeza.
Una ola masiva se elevó detrás de ella, encorvándose como la mano de un dios.
Diego apenas tuvo tiempo de gritar antes de que golpeara sobre él.
Luego—oscuridad.
Entre los Mundos
Se estaba hundiendo.
El agua era interminable, el río se extendía hacia un abismo sin fondo. Sus pulmones ardían, sus extremidades se sentían pesadas, pero no podía moverse.
Y luego—Anahí estaba allí.
Su presencia lo rodeaba, no como el peso del agua, sino como algo más. Algo antiguo.
"Tomas, pero no das," murmuró la voz. "Demandas, pero no respetas. Has olvidado los regalos del río."
Diego luchó por responder, pero las palabras no eran suyas para pronunciar.
Anahí levantó su mano.
Por un momento, el silencio fue absoluto.
Luego—estaba ascendiendo.
Un Hombre Cambiado
Diego despertó en la orilla, con la ropa empapada, el cuerpo adolorido. La tormenta había pasado. El río estaba tranquilo una vez más, como si nada hubiera pasado.
Pero él sabía mejor.
Había recibido una advertencia.
A partir de ese día, Diego era un hombre diferente. Pescaba solo lo que necesitaba. Ya no daba por sentado al río.
Y cada mañana, antes de lanzar su red, susurraba una oración silenciosa.
Al Guardián del Paraná.
Porque ahora—él creía.

