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Acerca de la historia: La Mina del Diablo de Potosí es un Legend de bolivia ambientado en el Contemporary. Este relato Dramatic explora temas de Good vs. Evil y es adecuado para Adults. Ofrece Moral perspectivas. La bajada de un minero a las profundidades más aterradoras de Bolivia lo lleva a un encuentro espantoso con el demonio que reclama a todos aquellos que buscan plata.
Alto en los Andes bolivianos, donde el viento grita como una banshee y el aire delgado muerde los pulmones, se alza el Cerro Rico. Una montaña de plata, codicia y muerte.
Durante siglos, sus túneles han tragado hombres enteros, cuyos huesos descansan bajo el peso de la tierra. El imperio español agotó su riqueza, dejando solo fantasmas y susurros. Incluso hoy, los mineros descienden a diario, conscientes de los riesgos, temiendo la oscuridad y respetando a El Tío, el demonio de las minas.
Él no es un mito.
Esta es la historia de Mateo Ayala, un minero cuyo descenso al corazón del Cerro Rico lo cambiaría para siempre.
Mateo Ayala había sido minero desde la infancia. No fue una elección: su padre murió bajo la montaña y, como tantos en Potosí, Mateo siguió el mismo camino. La montaña estaba en su sangre. Con veintiséis años, era más fuerte que la mayoría, sus manos callosas por años de golpeo de plata de la roca. Pero incluso los hombres más fuertes temían los susurros que habitaban los túneles. Esa mañana, mientras el sol apenas tocaba la ciudad, Mateo caminó hacia la entrada de la mina, sintiendo el frío calar sus huesos. Los mineros estaban alrededor, masticando hojas de coca y ajustando sus cascos. El ritual habitual. El viejo Don Esteban se sentaba sobre una roca, enrollando un cigarrillo. Su rostro estaba gastado, sus ojos opacos por años bajo tierra. —¿Hiciste una ofrenda? —preguntó sin mirar arriba. Mateo dudó, luego asintió. Había dejado hojas de coca y un chorrito de alcohol en uno de los altares de El Tío dentro de la mina. Era tradición, una necesidad para quienes querían salir vivos de los túneles. —Bien —murmuró Esteban—. El Tío siempre está observando. Sin decir más, descendieron a la oscuridad. Los túneles olían a sudor, polvo y algo metálico. Cuanto más profundizaban, más opresivo se volvía el aire. Mateo y Esteban trabajaban junto a otros mineros, balanceando sus picas, picando las vetas de plata que habían enriquecido y maldecido a Potosí durante siglos. Era el ritmo de sus vidas: balancear, picar, respirar, repetir. Pasaban las horas. Luego—un susurro. Suave. Casi como el viento. Pero aquí no había viento. Mateo se detuvo, secándose el sudor de la frente. —¿Oíste eso? Esteban no levantó la vista. —Ignóralo. Mateo tragó saliva. Los demás seguían trabajando como si nada hubiera pasado. Pero los susurros continuaban. Esa noche, mientras Mateo yacía en su pequeño hogar en las afueras de Potosí, soñó con los túneles. Vio a El Tío, la figura con cuernos, sus ojos brillando en rojo en la oscuridad. El demonio se sentaba en un trono de huesos, sonriendo. —Me debes —gruñó El Tío. Mateo despertó empapado en sudor frío. No volvió a dormir. A la mañana siguiente, Mateo regresó a la mina. Estaba exhausto, pero el trabajo no lo esperaba. Hoy, estaban cavando más profundo de lo habitual, en un túnel más antiguo y menos estable. El aire estaba denso, sofocante. El polvo se adhería a su piel. Mientras Mateo balanceaba su pico, sucedió algo extraño— Su pico golpeó la roca y un líquido rojo se filtró por las grietas. Parecía sangre. Mateo retrocedió tambaleándose. —¿Qué diablos...? Esteban palideció. —No lo toques. —¿Eso es—? —Cállate —siseó Esteban—. No. Hables. Al. Respecto. Pero la sangre seguía saliendo de la piedra. Fue entonces cuando ocurrió el derrumbe. El túnel colapsó con un rugido ensordecedor. El polvo llenó el aire, asfixiante, cegador. Mateo golpeó el suelo con fuerza. Cuando el polvo se asentó, estaba solo. El túnel detrás de él se había sellado, atrapándolo dentro. Gritó por ayuda. Ninguna respuesta. Luego—risas. Bajas. Burlonas. Inhumanas. Mateo se giró, agarrando su lámpara parpadeante. Una sombra se movió al borde de la luz. Lo estaba observando. —El Tío —susurró Mateo. La figura dio un paso más cerca. Sus cuernos rozaban el techo. Sus ojos brillaban. —Ahora eres mío —gruñó. La sangre de Mateo se le heló. Pasaron días. O tal vez fueron horas. Mateo ya no lo sabía. Su lámpara se estaba apagando. Su estómago se retorcía de hambre. El aire se agotaba. Pero El Tío nunca se marchó. El demonio le susurraba en la oscuridad, hablando de secretos hace mucho enterrados. Hablaba de vetas de plata que sangraban como hombres. De mineros tragados enteros, sus almas perdidas en la roca. Del padre de Mateo. —Tu padre no murió en un accidente —gruñó el demonio. La respiración de Mateo se detuvo. —¿Qué quieres decir? —Hizo un trato. Y ahora—tú también lo harás. Una mano fría tocó su hombro. Mateo gritó. Luz. Voces. Manos agarrándolo, sacándolo de los escombros. Los mineros lo habían encontrado. Mateo jadeó por aire, su cuerpo temblando. Estaba vivo. Pero mientras lo llevaban hacia la luz, miró hacia atrás— Y se vio a sí mismo aún de pie en el túnel. Una versión de sí mismo con ojos huecos y sonriendo, mirándolo fijamente. El Tío había ganado. Mateo nunca habló de lo que sucedió. Dejó Potosí poco después, esperando escapar de los susurros que aún lo seguían. Pero sin importar lo lejos que fuera, todavía podía escucharlos. En el viento. En el silencio de la noche. En su propio reflejo. De regreso en Potosí, los mineros aún rezan a El Tío. Aún dejan sus ofrendas. Porque saben—El Llamado de la Montaña
El Vientre de la Bestia
Sangre en la Piedra
Enterrado en la Oscuridad
No era un hombre. No era un minero.
El Pacto del Diablo
La Fuga que Nunca Fue
Epílogo: Nadie Se Va
Nadie realmente abandona la Mina del Diablo.
Fin.