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Acerca de la historia: Las Auroras Boreales y los Renos es un Legend de finland ambientado en el Contemporary. Este relato Dramatic explora temas de Courage y es adecuado para All Ages. Ofrece Cultural perspectivas. Un viaje mágico bajo las Auroras Boreales para descubrir los secretos del coraje y la conexión.
Más allá del Círculo Ártico, donde interminables bosques de abeto y pino se extienden hasta encontrarse con un horizonte cubierto de nieve, se encuentra Laponia, Finlandia, una tierra donde el tiempo mismo parece moverse más despacio. Aquí, el mundo se pinta en tonos de blanco y azul durante el largo invierno, y los cielos oscuros cobran vida con los vibrantes colores de la aurora boreal. Esta tierra no solo es rica en belleza natural, sino que también está impregnada de antiguas leyendas sami.
En este paisaje mágico y congelado, Eija, una niña de doce años llena de espíritu y determinación, estaba a punto de embarcarse en un viaje inolvidable. Su vida, aunque arraigada en las rutinas diarias del pastoreo de renos de su familia, estaba a punto de ser tocada por fuerzas mucho más antiguas y sabias de lo que ella podría haber imaginado. Y todo comenzó una mañana que parecía tan ordinaria como cualquier otra.
El sol era un orbe pálido y fugaz en el horizonte, apenas iluminando el pueblo cubierto de nieve de Luosto. Eija apretó su bufanda de lana alrededor del cuello mientras salía, sus botas crujían sobre la nieve espesa. Su aliento formaba suaves nubes en el aire helado mientras caminaba hacia el corral de renos, tarareando una de las antiguas canciones sami de su abuela. No pasó mucho tiempo antes de que notara que algo estaba mal. El caos habitual de los renos luchando por comida era más silencioso esa mañana. Un rápido conteo confirmó su sospecha: uno de los terneros, un joven y curioso llamado Pihka, desaparecía. El padre de Eija, un hombre robusto que había pasado su vida pastoreando renos, frunció el ceño al escucharle. “El pequeño podría haberse alejado demasiado. Esperemos que no haya entrado en territorio de lobos”, murmuró, ya preparándose para rastrear al ternero. Pero Eija lo detuvo. “Déjame ir, Padre. Conozco bien los senderos del bosque y Pihka me conoce a mí”, insistió, con voz firme. Él dudó, observándola detenidamente. Eija ya no era una niña; veía la determinación en sus ojos. Con un suspiro, asintió. “Toma a Tuuli y ten cuidado. El bosque guarda secretos que no siempre entendemos.” Eija sonrió, su emoción apenas contenida. Montó a Tuuli, su reno favorito, cuyo pelaje brillante resplandecía con la luz tenue del amanecer. Juntos, se pusieron en marcha, siguiendo las huellas de Pihka hacia el bosque. Cuanto más adentraban en el bosque, más silencioso se volvía el mundo. Los únicos sonidos eran el crujido de la nieve bajo las pezuñas de Tuuli y el ocasional crujido de los árboles cubiertos de escarcha. Eija mantenía la vista en las huellas, pero algo inusual llamó su atención. Las marcas en la nieve brillaban débilmente, como si estuvieran espolvoreadas con un resplandor verdoso. Al principio, Eija pensó que era un truco de la luz. Pero a medida que seguía el rastro más adentro, el resplandor se hizo más brillante y vívido. Sintió un escalofrío, no por el frío, sino por otra cosa. El resplandor le recordaba a las Luces del Norte, las auroras que iluminan el cielo en noches claras de invierno. ¿Podría estar esto relacionado con las historias que su abuela siempre contaba? El pensamiento la llenó de una mezcla de asombro e inquietud. Su abuela solía hablar de los espíritus de las auroras, que podían guiar o desorientar a quienes se aventuraban en su dominio. “Las luces prueban tu corazón”, había dicho una vez su abuela. “Si tus intenciones son puras, te guiarán. Si no, te desviarás.” Eija continuó, su determinación firme. Al caer la noche, el bosque se oscureció, pero las huellas brillantes iluminaban el camino adelante. Pronto, llegó al borde de un lago congelado. El hielo era un espejo, reflejando las primeras cintas de las Luces del Norte desplegándose en el cielo. Eija desmontó de Tuuli y se arrodilló junto a las huellas. Susurró suavemente, “Pihka, ¿dónde estás?” Una ráfaga repentina de viento giró a su alrededor, llevando consigo una melodía, una sutil y otra mundo melodía que parecía provenir del propio aire. Eija se congeló, su aliento atrapado en la garganta. Desde la línea de árboles en sombra, emergió una figura. Era un reno, pero no cualquier reno. Sus astas brillaban con la misma luz centelleante que las auroras arriba, proyectando un suave resplandor mágico sobre la nieve. Los ojos de la criatura eran profundos y sabios, como si hubiera visto siglos de inviernos pasar. Este no era un reno común: era el Guardián de las Luces, un ser de leyenda. El corazón de Eija latía con fuerza. Había escuchado historias sobre el Guardián de parte de su abuela, pero nunca imaginó que lo vería ella misma. Dio un paso adelante, con la voz temblorosa. “¿Estás aquí para ayudarme a encontrar a Pihka?” El Guardián inclinó la cabeza, sus astas resplandecientes pulsando suavemente, casi como un latido. Luego se giró, mirando hacia el horizonte norte. Las auroras arriba cambiaron, formando un camino tenue y brillante en el cielo. Eija entendió. Este era su guía. Volvió a montar a Tuuli y, juntos, siguieron el camino celestial hacia lo desconocido. El camino los llevó a un estrecho paso de montaña, donde el aire se volvió más frío y los vientos aullaban ferozmente. Eija instó a Tuuli hacia adelante, pero el sendero se volvió traicionero. La nieve y el hielo cubrían el terreno rocoso, y el cielo arriba parecía latir con energía. A medida que ascendían más alto, las sombras comenzaron a formarse en la nieve que giraba. Al principio, Eija pensó que eran trucos de la luz. Pero luego las sombras se solidificaron, tomando la forma de criaturas fantasmales hechas de hielo y niebla. La rodearon, sus ojos huecos brillando débilmente. El miedo la agarró, pero recordó las palabras de su abuela: “Los espíritus respetan la valentía y la bondad. Muéstrales que no tienes malas intenciones.” Reuniendo su valor, Eija comenzó a cantar la canción sami que su abuela le había enseñado, una melodía de armonía, de respeto por la tierra y sus espíritus. Su voz, aunque temblorosa al principio, se fortaleció con cada nota. Las sombras se detuvieron, sus formas suavizándose como si fueran calmadas por la música. Una por una, se disolvieron en el viento, despejando el camino adelante. En la cima de la montaña, Eija se encontró frente a un valle oculto. Era algo que nunca había visto antes. La nieve brillaba como un mar de diamantes y el propio aire parecía vivir con el zumbido de las auroras. En el centro del valle se encontraba Pihka, el ternero desaparecido, su pelaje brillando suavemente con los colores de las luces. Eija se acercó lentamente, su corazón hinchándose de alivio y asombro. El ternero frotó su mano, su calor era un contraste bienvenido al aire helado. Al mirar a su alrededor, las auroras arriba parecían descender, sus colores envolviendo el valle en un resplandor radiante. El Guardián apareció una vez más, sus astas ardiendo brillantemente. Eija se arrodilló ante él, su voz suave. “Gracias por guiarme.” El Guardián bajó la cabeza, tocando sus astas resplandecientes con Pihka. Una chispa de luz pasó entre ellos y el resplandor del ternero se intensificó. Las auroras bailaron más vibrantes que nunca, sus colores pintando la nieve en tonos de verde, rosa y azul. “Has demostrado valor, bondad y respeto”, resonó una voz en la mente de Eija. “Los secretos de las luces no están destinados a ser guardados por uno solo, sino para que todos los compartan. Recuerda esto, y los espíritus siempre te guiarán.” Cuando Eija regresó a su pueblo con Pihka, la gente escuchó asombrada mientras ella relataba su viaje. Su abuela sonrió con conocimiento, como si siempre hubiera creído que Eija estaba destinada a vivir una aventura así. Los ancianos hablaron del Guardián y los espíritus de las auroras, y cómo habían elegido a Eija para llevar su mensaje. Desde ese día, cada vez que las Luces del Norte iluminaban el cielo, Eija miraba hacia arriba con una sonrisa tranquila, sabiendo que había sido parte de algo extraordinario. Las auroras no eran solo luces en el cielo, eran un recordatorio de la magia que existe en el mundo, esperando a aquellos lo suficientemente valientes para buscarla.El Ternero Desaparecido
El Resplandor en la Nieve
El Guardián del Bosque
La Prueba de los Espíritus
El Valle Oculto
Conclusión
Fin