Tiempo de lectura: 6 min

Acerca de la historia: El Pájaro Fénix de Santa Lucía es un Myth de saint-lucia ambientado en el Ancient. Este relato Poetic explora temas de Courage y es adecuado para All Ages. Ofrece Moral perspectivas. Un legendario ave de fuego despierta, y una joven debe aceptar su destino para salvar su isla de la destrucción.
Bajo el dorado sol caribeño, donde las olas turquesas besan las colinas verdeantes de Santa Lucía, susurros de una antigua leyenda flotan en los vientos de la isla. Es una historia más vieja que las personas que la cuentan, llevada por la brisa marina y tejida en la misma esencia de la tierra.
Dicen que en tiempos de gran peligro, cuando la oscuridad se cierne sobre la isla, un Pájaro Fénix se eleva desde los picos volcánicos, sus alas envueltas en fuego dorado, su grito resonando a través de los valles como la voz de los mismos dioses. Algunos creen que es un protector, un espíritu ligado al corazón de la isla. Otros lo temen como una fuerza de destrucción, una que reduce todo a cenizas antes de traer renovación.
Pero pocos lo han visto alguna vez, y aún menos han vivido para contar la historia.
Esta es la historia de Elara, una joven cuya vida cambió para siempre cuando descubrió que el Pájaro Fénix de Santa Lucía era mucho más que una leyenda.
Elara siempre se había sentido en casa en la naturaleza. Nació en un pequeño pueblo a los pies del Gros Piton, uno de los picos volcánicos gemelos que vigilaban la isla como antiguos centinelas. A diferencia de la mayoría de las niñas del pueblo, que pasaban sus días aprendiendo a tejer cestas o preparar pan de yuca, Elara prefería vagar por la selva, escuchar los llamados de los pájaros, sentir el ritmo de la tierra bajo sus pies. Esa mañana, se quedó en los acantilados rocosos mirando el vasto Caribe, el viento salado enredando sus rizos oscuros. El cielo estaba despejado, las olas eran suaves, pero algo no se sentía bien. “¡Elara! ¡Ven adentro!” La voz de su abuela rompió el silencio de la mañana. Mama Celeste, la curandera del pueblo, estaba afuera de su pequeña choza de madera, sus manos envejecidas sujetando el borde de su chal. “Se acerca la tormenta”, dijo, con voz baja. Elara volvió la vista hacia el mar. No había tormenta, solo el sol y el horizonte interminable. Pero había aprendido hace mucho tiempo a confiar en los instintos de Mama Celeste. Si su abuela decía que se acercaba una tormenta, solo era cuestión de tiempo. Al entrar, el aroma familiar de salvia quemada y hibisco seco llenó su nariz. La pequeña choza estaba llena de cuencos con hierbas, tallas de madera y un viejo libro encuadernado en cuero que yacía abierto sobre la mesa. “También lo sientes, ¿verdad?”, murmuró Mama Celeste sin mirar. Elara dudó. Había un peso extraño en el aire, algo que no podía explicar del todo. “Yo… no lo sé”, admitió. Su abuela exhaló bruscamente, cerrando el libro con un suave golpe. “El Fénix se agita”. Un escalofrío recorrió la espalda de Elara. El Pájaro Fénix. Era una historia que había escuchado desde la infancia, un cuento contado por los ancianos para advertir a los niños sobre el equilibrio de la vida: fuego y renovación, destrucción y renacimiento. Pero eso no era más que eso, ¿verdad? ¿Solo una historia? Antes de que pudiera preguntar más, un grito distante partió el aire. Era un sonido inhumano, agudo y doloroso, llevado por el viento como una advertencia. La expresión de Mama Celeste se oscureció. “Ha comenzado”. Esa noche, el pueblo descansaba inquieto. Elara se revolvía en su pequeña hamaca, incapaz de deshacerse de la sensación extraña que se había asentado en su pecho. Afuera, el viento aullaba entre los árboles, sacudiendo las contraventanas, susurrando secretos que solo la isla podía comprender. Entonces llegaron los sueños. Vio llamas, no solo fuego ordinario, sino algo vivo, algo que latía y respiraba. En el centro de las llamas, con las alas extendidas, estaba el Pájaro Fénix, sus plumas brillando como oro fundido. Y luego—oscuridad. Humo elevándose sobre la isla. Árboles reducidos a esqueletos ennegrecidos. Ríos secándose. Una voz, antigua y poderosa, resonó en su mente: Elara despertó jadeando, su corazón golpeando contra sus costillas. El sudor pegaba a su piel a pesar del aire fresco de la noche. La visión era demasiado vívida, demasiado real. Tenía que conocer la verdad. Así que, antes de que los primeros rayos del amanecer tocaran la isla, tomó una decisión. Iba a ir al Petit Piton, donde se decía que el Fénix se elevaba. La escalada fue traicionera. La densa selva envolvía la montaña, las lianas se enredaban a sus pies mientras se tiraba por los caminos empinados y estrechos. El aire se volvía más pesado a medida que ascendía, cargado con el aroma de la tierra y orquídeas en flor. Pasaron horas antes de que alcanzara la cima, con la respiración agitada y los músculos doloridos. Y entonces lo vio. Un círculo de tierra carbonizada, justo en el corazón del cráter. El suelo estaba ennegrecido, humeante, como si algo hubiera ardido allí recientemente. Un suave sonido de crujido la hizo quedarse congelada. Luego—una sombra se movió. Un par de ojos ámbar brillantes se fijaron en los suyos. Era el Pájaro Fénix. Por un momento, el tiempo pareció detenerse. El Fénix la observó, sus enormes alas plegadas contra sus costados, sus plumas doradas parpadeando como una llama viviente. Luego, habló. No con palabras, sino a través de una voz en su mente, una voz profunda y antigua que le erizó la piel. El calor giraba a su alrededor. Su visión se borroseó. De repente, ya no estaba de pie en la cima del Petit Piton, estaba en otro lugar, rodeada de fuego revoloteante y mil voces susurrando su nombre. Imágenes pasaron ante sus ojos. Y luego—renacimiento. Elara cayó de rodillas, jadeando mientras las visiones se desvanecían. El Fénix aún estaba allí, observándola. Esperando. Ahora lo entendía. Estaba destinada a proteger Santa Lucía. Para cuando Elara descendió la montaña, el cielo ardía. Barcos habían aparecido en el horizonte—velas oscuras, llenas de hombres que venían a saquear y destruir. Los aldeanos estaban desamparados, tratando de esconderse, de proteger lo poco que tenían. Pero Elara ya no era solo una chica del pueblo. Ahora era algo más. Alzó los brazos, y el poder del Fénix surgió a través de ella. Una luz dorada estalló, y del fuego, el Pájaro Fénix se elevó, su grito sacudiendo los cielos. Los invasores gritaron de terror mientras las llamas envolvían sus barcos. El océano hervía, y en cuestión de momentos, desaparecieron. La isla estaba a salvo. Elara se volvió hacia su gente, su piel aún resplandeciendo con brasas. Ellos la miraban con asombro. Mama Celeste dio un paso adelante, sus ojos llenos de orgullo y comprensión. Desde ese día, Elara ya no fue solo una chica. Ella era la Guardiana de Santa Lucía, el puente entre el Fénix y su pueblo. Y aunque los años pasarían, y el mundo cambiaría, una cosa permanecía cierta— Siempre que la isla estuviera en peligro, el Pájaro Fénix se elevaría de nuevo. Y ella también.Los Vientos Susurrantes
La Sombra de la Profecía
"Ha llegado el momento."
El Viaje al Pájaro de Fuego
La Prueba del Guardián
“Has sido elegida.”
La isla en ruinas.
Los aldeanos clamando por ayuda.
Los invasores viniendo del otro lado del mar.
El Ascenso del Guardián
“El Guardián ha resurgido.”
Epílogo: La Llama Eterna
Fin.